
LA FORMA
Muchos de nosotros nos hemos acercado al Tai Chi Chuan después de haber observado realizar la “forma” en un parque, en un reportaje sobre China en la tv, quizás teniendo la suerte de ver en directo a un maestro o porque un amigo o familiar ha compartido con nosotros su “pequeña” experiencia en el arte. Esto que se llama forma es la encadenación de una serie de movimientos que se asemejan a una lucha y que normalmente se practican a un ritmo lento. La mayoría de nosotros no somos capaces de descifrar el contenido que lleva dentro, no entendemos nada... pero quedamos cautivados por la elegancia de sus movimientos. Sentimos algo nuevo, expresado de otra manera, con otro lenguaje, el corporal. Lentitud y fluidez, suavidad y firmeza, equilibrio y presencia son algunas de sus cualidades que nos llaman la atención y despiertan en nosotros el interés o la curiosidad: ¿lucha, danza o ritual?
Hay muchos estilos de Tai Chi Chuan, cada uno con diferentes formas y multitud de versiones en cada una de ellas. Se habla que en un principio sólo fueron tres movimientos, luego trece y después aparecieron las formas de 88 y 108 movimientos. Posteriormente la de 24, 48...
Hay formas más explícitas que otras a nivel marcial, más o menos adornadas, con pasos cortos o largos, anchos o estrechos. Existen formas con espada, sable, palo corto y largo, con abanico y seguramente seguirán surgiendo nuevas formas. No creo que sea importante cuál o cuántas formas conozcamos; hay quien con una forma de pocos movimientos tiene suficiente y quien necesita conocer diferentes formas y estilos. La profundidad en ambos casos puede llegar a ser la misma.
Se podría decir que la forma de Tai Chi Chuan es, de alguna manera, el principio y el final de la práctica. El principio, porque es lo primero que queremos memorizar; el final, porque cada una de las diferentes partes de la práctica deberían estar expresadas en ella. Diríamos entonces que la forma es la conclusión del entrenamiento. Cuando alguien con experiencia ve a otra persona hacer la forma no se fija tanto en la estética o en que los movimientos sean los correctos, más bien observa si está relajado o tenso, el enraizamiento, la respiración, el movimiento centrado y total… incluso percibirá el nivel de comprensión que esa persona tiene tanto en la meditación como en la lucha.
En el Tai Chi Chuan existen tres ritmos básicos en los que se realiza la forma. El más conocido es el ritmo lento o ritmo Tierra-Metal en el que destacan las cualidades de lentitud, enraizamiento y conciencia de cada paso, cada detalle y de la totalidad. El hecho de movernos tan despacio supone un reto para nosotros, acostumbrados a un ritmo de vida estresante… El segundo ritmo es el de Agua, caracterizado por la fluidez en los movimientos, los cuales se efectúan un poco más rápido. Exige conocer bastante bien la forma al ritmo más lento para que el movimiento no se convierta en algo confuso, sin claridad y exagerado. El tercero, el más exigente, es el ritmo de Fuego-Madera o ritmo de Combate, en el que el movimiento debe ser lo más rápido, preciso y certero posible. Este último ritmo es el más difícil y delicado de todos, y si no conseguimos que el movimiento sea relajado nos podríamos dañar al practicarlo. Es útil ejercitar primero por separado cada gesto para que no se convierta en algo precipitado ni en un derroche de energía. Otra dificultad que conlleva el ritmo de combate es llegar a encontrar el momento oportuno (timing) en la ejecución del gesto.
En las formas de algunos estilos podemos encontrar los tres ritmos mezclados en la misma secuencia.
Nuestra primera clase…
Es posible memorizar una forma a partir de un libro o un dvd, pero en mi opinión es más acertado tener contacto directo con un profesor o maestro que nos vaya transmitiendo el arte desde lo más básico. Cuando comenzamos clases de Tai Chi Chuan intentamos reproducir los movimientos de nuestro profesor y descubrimos que lo que para él es tan fácil, resulta prácticamente imposible para nosotros. Sentimos nuestra torpeza, nuestras limitaciones; nos damos cuenta de lo “desconectados” que estamos de nuestro propio cuerpo: la orden que parte de nuestra mente no se corresponde con el resultado. No hay equilibrio, ni coordinación y mucho menos precisión. La primera clase, para muchos de nosotros, puede llegar a ser frustrante. Si esto no nos desanima a continuar intentándolo e intuimos que este entrenamiento nos puede beneficiar, poco a poco comenzaremos a sentirnos dentro del cuerpo y su movimiento. De alguna manera viviremos partes de nuestro cuerpo que estaban dormidas y calladas, con las que nunca nos habíamos relacionado.
Otra dificultad que nos encontramos está en memorizar la forma; nos cuesta mucho encadenar los movimientos por falta de coordinación, de equilibrio o de memoria. Aunque ciertas personas aprenden con bastante rapidez la secuencia, la mayoría necesita bastante tiempo para poder realizarla sin mirar o seguir a otra persona. Hay quien la aprende paso a paso y quien la va aprendiendo a base de repetir la secuencia completa. De una u otra manera necesitaremos una buena dosis de paciencia y constancia para llegar a aprenderla.
Cuando ya sabemos la forma…
Tras esta primera etapa pasamos a otra que consiste en ir perfeccionando los diferentes movimientos. Aunque hayamos conseguido memorizar la forma nos damos cuenta de que todavía no está “habitada”... no nos sentimos fluidos en el movimiento. Para ir “afinando” nuestra forma no nos queda otra posibilidad que repetirla y repetirla; tanto la secuencia entera como cada movimiento por separado. A base de insistir, los movimientos van tomando sentido. Aquí es importante no olvidarnos de prestar atención a las transiciones entre las diferentes posturas, son instantes en los que nos podemos distraer perdiendo la atención, la estructura, el equilibrio o la relajación; a veces un movimiento es muy correcto pero el paso al siguiente gesto “rompe” la armonía. Los desplazamientos con nuestros pies y piernas, aunque menos vistosos que los movimientos de los brazos, pueden ser resolutivos al practicar empuje de manos o combate… por lo que al ejecutar la forma también deberíamos estar presentes en el lapso de tiempo que va desde que levantamos un pie hasta que lo colocamos delante o detrás.
Un peligro en esta etapa podría ser convertirla en algo mecánico y aburrido, nuestra mente no estará entonces en el presente sino vagando o reaccionando. Para evitarlo podemos poner la atención en cada repetición como si ésta fuera diferente (que en realidad, lo es): cómo es mi respiración, hacia dónde hago el gesto, qué ocurre con la mano que no es la protagonista, cómo está colocado mi pie atrasado, qué me provoca o sugiere un determinado gesto…
En este momento de ir enriqueciendo nuestra forma creo que no deberíamos intentar reproducirla exactamente igual a la de nuestro profesor; sería más hábil hacerlo a partir de nuestra sensación y experiencia personal. No consiste en convertirnos en fotocopias sino en ir desarrollando la propia conciencia del proceso. Con ayuda de nuestro profesor y las herramientas que nos va dando deberíamos ir investigando hasta encontrar una expresión más natural y acorde con nuestras características personales. Pasaremos por momentos de descubrimiento, de estancamiento, de placer, de pereza y como he dicho antes de aburrimiento, donde el compromiso que cogemos con nosotros mismos es esencial para continuar…
Y ¿qué quiere decir cada movimiento?
Llega un día en el que podemos reproducirla de una manera más o menos fluida, pero seguimos sin entender el significado de cada postura: es el momento de comenzar a vivirla en el sentido de lucha. Poco a poco deberíamos conocer mejor el lenguaje marcial y las aplicaciones de cada uno de los movimientos (y sus transiciones). Y para ello necesitamos la práctica del empuje de manos y el combate. No se trata de conocer mentalmente la aplicación de un gesto, es preciso sentirlo en nosotros mismos para poder expresarlo después en la forma. El trabajo con un compañero es esencial para que nuestro cuerpo entienda cada gesto y cada desplazamiento.
Este entrenamiento irá a la vez despertando la sensibilidad en nuestra piel, músculos y huesos; iremos haciéndonos más conscientes del espacio que necesitamos en situaciones diferentes; comprenderemos mejor las cualidades yin y yang de cada movimiento y el instante en que uno se transforma en el otro. Podremos descubrir la pequeña expresión yin dentro de un momento yang y viceversa: la recta dentro de lo circular y el círculo dentro de lo rectilíneo.
Es un entrenamiento que no tiene límites, ya que según vamos profundizando en su práctica la comprensión de sus aplicaciones se hace más fina. Al conocer el significado de los gestos esta práctica, sin duda, nos llevará a educar nuestra mente en la intención y actitud correctas a la hora de ir ejecutando los movimientos de la forma. Deberíamos evitar, no obstante, quedarnos atrapados en esta etapa. Una vez que nuestro cuerpo ha asimilado el gesto marcial ya no es necesario que nuestra mente visualice las diferentes aplicaciones. Igual que en cualquier etapa del aprendizaje, cuando algo se llega a integrar deberíamos dejarlo pasar sin apego; es el propio cuerpo el que lo dirige a partir de ese momento, la mente queda libre.
Un día el profesor nos habla de la respiración en la forma e intentamos coordinarla para que coincida con los movimientos. Nos encontramos entonces con otra gran dificultad ya que normalmente cuando pensamos en la respiración el movimiento se bloquea y al revés. Por mi propia experiencia soy más partidario de dejar que la respiración vaya llegando por sí sola, ya que los mismos gestos nos llevarán tarde o temprano a respirar de una manera coherente con ellos. Es decir, la respiración se irá adaptando al movimiento. Pienso que el trabajo con el Qi Gong nos puede ayudar mucho a la hora de que la respiración se vaya integrando en la forma, ya que los movimientos suelen ser más sencillos y repetitivos y no son frecuentes los desplazamientos con las piernas.
En cambio, cuando nos referimos al ritmo lento al realizar la forma, éste debería estar marcado por la respiración, de manera que el movimiento se adapte a ella. Muchos de nosotros interpretamos que una respiración sana debe ser lenta y profunda y quizás sí, pero en muchas ocasiones nuestra respiración no puede ser así. No deberíamos forzar nuestra respiración para así hacer la forma más lentamente. Nuestras preocupaciones y emociones influyen directamente en el ritmo de nuestra respiración (respiramos como podemos en cada momento) por lo que si controlamos la respiración para hacerla más lenta corremos el riesgo de bloquearla y dejará de ser fluida, perdiendo así la relajación. Prácticamente todos nosotros tenemos algún bloqueo de tipo respiratorio (seguramente desde nuestra infancia) que se localiza normalmente a nivel de nuestro diafragma. A partir de este momento el resto del cuerpo se va organizando para poder respirar siempre lo mejor posible, a costa de irse bloqueando a otros niveles musculares, articulares… Mi opinión es que para llegar a eliminar el bloqueo diafragmático a través de una práctica como esta puede ser más útil primero ir desbloqueando el resto de rigideces o contracturas debidas al primer bloqueo, como ir quitando las capas de una cebolla. A veces nuestra coraza muscular es tan grande que ir directamente al centro puede estar acompañado de situaciones más o menos desagradables; algo que podría ser interesante en una sesión de psicoterapia pero no tanto en una clase de Tai Chi. Si nuestra respiración no es tan lenta como nos gustaría, podemos aceptarlo y realizar la forma al ritmo que la misma respiración nos marca; o bien, si queremos hacer la forma muy lentamente podemos dejar la respiración libre y sin acompañar al movimiento.
Otro aspecto a ir desarrollando en la forma sería la presencia, la atención en el aquí y ahora. Una vez que la forma se ha memorizado y practicado suficientemente para que la mente no tenga que estar pendiente de cada movimiento, ésta puede distraerse de nuevo muy fácilmente. En muchas ocasiones nos damos cuenta de que la forma se ha hecho sola y nuestra mente ha estado divagando o estaba atrapada en alguna preocupación. Es el momento de poner más atención en la práctica del estado meditativo. Al ser libres de pensar en los movimientos podemos estar atentos a todo tipo de sensaciones, sentimientos, emociones… que van surgiendo con el mismo movimiento; intentando no quedarnos apegados a ellos sino observándolos un instante y dejándolos pasar. Podemos detectar cuándo nuestra estructura se ha roto sin estar atentos a ello; o momentos en los que sentimos claramente el fluir del qi. Puede que descubramos qué significa para cada uno de nosotros avanzar o retroceder; qué supone dar un puñetazo o una patada; qué sucede cuando terminamos un movimiento y comenzamos el siguiente. Más allá de hacer la forma impecablemente está el cómo es y cómo vivimos el “viaje” desde que nos colocamos para hacer la forma hasta que saludamos al finalizarla.
Llega un momento en que la forma se transforma en la “no forma”, cuando dejamos al cuerpo encontrar su propia expresión espontánea y genuina. No hay una secuencia predeterminada, uno mismo no sabe cuál será el siguiente gesto. El movimiento surge entonces de nuestro interior, refleja nuestro estado más verdadero. Esto no quiere decir que debemos abandonar la secuencia formal, ya que además nos une al grupo en un lenguaje común, pero nos abre una puerta hacia el movimiento auténtico.
Por último, no deberíamos estar únicamente atentos a nuestro interior sino estar igualmente presentes a lo que ocurre a nuestro alrededor, abriendo todos nuestros sentidos: el aire en nuestra cara, el contacto con la tierra, los sonidos y olores agradables o desagradables, el movimiento de nuestros compañeros… es como estar en comunión consigo, con los demás y con el entorno; buscando un estado de empatía y de conexión más allá de uno mismo, más allá de la dualidad. Quizás éste sería el aspecto espiritual del Tai Chi Chuan, en el que el ritual, realizado en grupo o individualmente, sería la forma. Podríamos hablar entonces de la forma como una oración rezada con nuestro propio cuerpo, corazón y mente.
He intentado expresar diferentes etapas en el aprendizaje de la forma separándolas entre sí para una mejor comprensión; no obstante, estas etapas están en muchas ocasiones entrelazadas y complementándose mutuamente.
Juanolo, 3 de marzo de 2006
TÍPICOS TÓPICOS DEL T'AI-CHI
¿Cuántas veces nos han respondido: “Porque lo decía mi maestro”, “Porque así está en los clásicos del T'ai Chi Ch'uan”, o incluso: “Porque lo digo yo...” cuando hemos preguntado a nuestro profesor por qué se hacía algo de determinada manera? Este tipo de respuesta busca que aceptemos como dogmas lo que se nos dice en clase y que desistamos de experimentar, investigar y poner a prueba "lo que dice el maestro", actitud que no nos ayudará nada a avanzar en el arte.
Normalmente tomamos lo que nos dice el profesor como bueno, pero también es interesante ponerlo en duda y experimentar sobre ello. No olvidemos que nuestro profesor también está aprendiendo. Lo que ocurre es que en el fondo nos gusta que nos den las cosas pre-cocinadas: “calentar y listo”...los alumnos también tenemos nuestra parte de responsabilidad en todo esto. Creo que en este camino son muy necesarios el esfuerzo y el compromiso personal.
Entre los cientos de tópicos que podemos encontrar en el T'ai Chi, me limitaré a profundizar en los relacionados directamente a las posiciones de los diferentes segmentos corporales. Quizás porque mi “deformación profesional” como fisioterapeuta me lleva a sentir que mucha gente se está haciendo daño cuando practica la forma, Qigong o las técnicas de tuishou. Podría ser que la misma experiencia que me ha traído a estas reflexiones me lleve a volver con los años a donde estaba, pero si eso ocurre será con otra comprensión y un camino recorrido.
Los tópicos que cuestiono a continuación, recogidos a lo largo de mi camino como practicante de Tai Chi Chuan, se refieren al plano físico y más particularmente a la búsqueda de una posición relajada y en estado de alerta. ¿Y cuál es esa postura? Yo la entiendo como aquella donde la estructura está colocada en su eje y el peso se reparte bien por toda la planta del pie, con un poco más de énfasis en el punto 1R, Yong Quan, situado justo detrás de las almohadillas. Esta colocación requiere menos gasto energético para mantener la estructura y es una posición neutra, lo que permite una mayor relajación y rapidez de respuesta en cualquier dirección a la hora de interactuar con un compañero. El conseguir esta postura no garantiza la efectividad ya que ésta depende sobretodo de la actitud del luchador.
“Que no se meta la rodilla hacia dentro, sácala hacia fuera”
Muchas veces el profesor nos insiste en que nuestras rodillas no se metan hacia dentro, con respecto a los pies. Sabe de sobra que eso haría que se sobrecargara la musculatura. El riesgo, si se mantuviera en el tiempo esta incorrecta colocación de las rodillas, será una lesión que podía afectar a los meniscos interarticulares, a los ligamentos o incluso tendinitis de repetición a nivel de la llamada “pata de ganso” (tendón común de los tres músculos que forman los isquiotibiales).
Ante el aviso de nuestro profesor, automáticamente sacamos las rodillas hacia fuera. El problema de esto es que el peso del cuerpo se desplaza hacia los bordes externos de las plantas de los pies. Además de perder el enraizamiento y la relajación, estamos forzando todo el entramado articular de las rodillas y los tobillos. En muchos casos al terminar la clase el resultado es molestia o incluso dolor en las rodillas, a no ser que dispongamos de una musculatura lo suficientemente fuerte para protegernos de estos problemas. A pesar de todo, nos iremos muy contentos a casa porque nuestras rodillas “han estado en su sitio”.
Creo que aquí el error está en la corrección. Como veremos después, es mucho más efectivo colocar la rodilla desde la cadera; ya que si no, el hecho de sacar literalmente las rodillas hacia fuera, implicará una modificación en la colocación de nuestras caderas y nuestros tobillos. Si la rodilla está mal situada existe una gran probabilidad de que la cadera esté igualmente fuera de sitio o bloqueada en extensión. Por mucho que intentemos corregir la posición de las rodillas, no lograremos que las caderas se coloquen en el eje. En cambio, si eliminamos el bloqueo en nuestras caderas, automáticamente las rodillas buscarán su alineación articular, no sólo con las caderas, sino también con los tobillos.
“Bascula la pelvis, anula la lordosis lumbar”
Hay profesores que insisten en bascular la pelvis haciendo una retroversión de la misma. No sé si esta observación viene de los maestros orientales al ver que los occidentales tenemos las curvaturas de nuestra espalda más pronunciadas que ellos (y menos que la raza africana), o fuimos nosotros mismos los que por imitación buscamos anular las curvas. El caso es que estas curvas vertebrales son necesarias para la correcta función de la musculatura y de la columna vertebral. En mi opinión, aunque es aconsejable reducirlas, no deberíamos anularlas y mucho menos invertirlas, como sucede en muchos casos al realizar la retroversión de la pelvis.
Las basculaciones de pelvis son un buen ejercicio de estiramiento y flexibilización, al igual que los círculos y las ondulaciones, y suelen ser movimientos que a menudo practicamos en clase. Pero el hecho de bascular la pelvis en primer lugar tiende a cerrar y bloquear las caderas y las deja sin posibilidad de movimiento. Las caderas son articulaciones clave para la transmisión de la movilidad y la fuerza, y por ello no deberían estar bloqueadas.
Para muchos de nosotros resulta difícil sentir las caderas si pensamos en los laterales de la pelvis. Quizás nos sea más útil utilizar la idea de "hundir" las ingles, como hacemos cuando vamos a sentarnos en una silla o un sofá, flexionando las caderas sin hacer voluntariamente la basculación de la pelvis. Este movimiento suele ser equilibrado, natural y es algo que todos tenemos integrado. Si intentamos sentarnos en un sofá basculando la pelvis deberemos hacer un gran esfuerzo para no caernos hacia atrás. Al aplicar el gesto de hundir las ingles a las diferentes posturas que adoptamos en el Tai Chi, curiosamente el peso se reparte bien en las plantas de los dos pies y tanto las rodillas como la pelvis encuentran su posición.
En segundo lugar, cuando basculamos la pelvis lo más normal es que si dejamos el cuerpo relajado el peso se desplace hacia los talones, a no ser que sepamos algún truco para evitarlo. Esto hace que cualquier posibilidad de respuesta rápida, incluso hacia atrás, quede anulada. Podría ser un ejercicio excelente para entrenar de forma isométrica toda la musculatura anterior de nuestro cuerpo, en especial los cuádriceps, pero nos alejamos de una postura relajada y en estado de alerta porque tenemos que emplear demasiada energía simplemente para evitar caernos hacia atrás.
Otras veces nos dicen que para abrir el Mingmen, el punto situado entre la 2ª y la 3ª vértebras lumbares, tenemos que bascular la pelvis. Por supuesto, al hacer este movimiento se abre el espacio intervertebral posterior, pero también se cierra el anterior. Si lo comentamos, nos responden: “Pero el Mingmen está por detrás no por delante”, o “Eso no importa, no te preocupes...” La verdad es que sí importa, pero de este tema trataremos al hablar de la verticalidad.
Si dejamos la pelvis relajada en su posición natural e imaginamos una plomada colgada de cada cadera y una tercera en el sacro-coxis, conseguiremos abrir de una manera más relajada la zona lumbar. No olvidemos tampoco que esta zona tiene movimiento propio a la hora de abrir el Mingmen y que no depende forzosamente de la pelvis para ello.
“La frontalidad”
Algunos profesores defienden apasionadamente la frontalidad con todo un abanico de argumentos basados en la relación con el espacio y con el compañero, con funciones orgánicas y energéticas, o con las cualidades psíquicas de practicarla en la posición del arquero (con una pierna adelantada y entre el 60 y el 70% del peso en esa misma pierna). Y aquí es donde veo el problema. Estoy de acuerdo con todos esos argumentos, pero no cuando nos dicen que coloquemos la pelvis frontalmente con esta posición de las piernas, porque es antinatural a nivel biomecánico y estaremos bloqueando la cadera de la pierna atrasada. Y si además no existe un buen control y conciencia del movimiento, entonces la pelvis caerá hacia delante y se cerrará precisamente el Mingmen.
A veces incluso nos proponen realizar este movimiento bruscamente, y esto se convierte en una de las principales causas de dolor en la zona lumbar entre los practicantes de Tai Chi. Además, existe una tendencia al desequilibrio en diagonal, hacia delante y el lado de la cadera bloqueada y de nuevo estaremos haciendo un esfuerzo simplemente para no caer.
Creo que sí que es posible trabajar la frontalidad en esta posición, con una mayor participación del tórax (haciéndolo girar desde la cintura en lugar de las caderas) o liberando el talón atrasado, pero me parece mucho más interesante, natural y sencillo trabajarla en las posiciones de pies paralelos o en la postura del jinete. Tan importante es comprender el concepto de frontalidad como no dañar nuestra estructura.
“La espalda recta y vertical”
Algunos incluso nos dicen que anulemos las curvaturas de la columna vertebral, que debe estar literalmente recta, aunque en general sólo se habla de anular la curvatura lumbar. Una de las principales funciones de estas curvaturas es el correcto funcionamiento biomecánico y muscular tanto para la transmisión de la fuerza y el movimiento como para contrarrestar la acción que ejerce sobre nosotros la fuerza de la gravedad. Si anulamos alguna o todas las curvaturas, ¿cómo van a funcionar nuestros músculos? Incluso en osteopatía se nos dice que al hacer la retroversión de la pelvis y anular la curvatura lumbar (foto 1), el peso se reparte mal en las vértebras, por lo que dicha zona está en una posición de sufrimiento ( ver “Maestros y claves de la postura; Michel Freres y M-B Mairlot; editorial Paidotribo)
Mi opinión es que debemos desarrollar una buena conciencia del eje corporal, respetando las cuatro curvaturas de la columna vertebral aunque un poco más suavizadas, pero no demasiado. Este eje no se limita a la espalda sino que abarca toda nuestra estructura (foto 2). Pero una cosa es nuestro eje y otra la verticalidad.
Los que hemos estado con varios maestros sabemos de las contradicciones que hay entre las diferentes interpretaciones de los clásicos. Eso demuestra que dichos textos nos ofrecen un abanico de posibilidades para explorar. El argumento más común para defender la verticalidad es que “los clásicos dicen que la espalda debe estar siempre vertical”. Vertical es perpendicular a la tierra, así que me surge una pregunta: si yo estuviera en una actitud de lucha ¿pondría la espalda vertical? Yo creo que no, ya que así me sentiría en desventaja. Inclinaría el eje más o menos dependiendo de la posición de mis piernas, incluso en el caso de que me fuera a desplazar hacia atrás o a salir corriendo.
Entonces nos podrían decir que una cosa es la lucha y otra la relajación, así que observemos también este aspecto. Quizás al ver una espalda vertical tengamos la sensación de que existe mayor relajación. Y esto es cierto al caminar o en posturas altas, en las que los pies no están muy separados el uno del otro. Pero conforme vamos separando los pies y la postura va haciéndose más baja, como por ejemplo, al ejecutar ciertos movimientos de la forma, necesitaremos que nuestro eje se vaya inclinando un poco para compensar la flexión de caderas que estamos haciendo (a no ser que el peso esté más o menos repartido entre las dos piernas).
Si en lugar de eso llevamos las rodillas demasiado hacia delante y mantenemos la espalda vertical o basculamos la pelvis, tendremos que hacer demasiado esfuerzo para que la espalda no caiga hacia atrás o el peso no se desplace otra vez a los talones o hacia las puntas. Y de nuevo perdemos posición relajada.
Mi opinión es que el eje vertical es una opción, pero dependiendo de la posición de las piernas que tengamos hay otras posibilidades más interesantes y relajadas que la vertical, tanto para la lucha como para la relajación.
“Mete la barbilla hacia dentro”
Hay también muchos profesores que nos aconsejan meter la barbilla para eliminar la curvatura cervical de nuestra columna vertebral. Por un lado tendremos el mismo problema que al anular la curva lumbar, pero además lo solemos hacer con demasiada tensión, por lo que toda nuestra musculatura cervical irá acumulando y memorizando este exceso de tensión. El riesgo en estos casos será una eliminación permanente de la curvatura (que ya es pequeña) o “rectificación cervical”, con los consiguientes problemas. También cerraremos la garganta y obstaculizaremos la respiración.
Creo que ayuda más aplicar la idea de abrir por detrás para suavizar la curvatura cervical, sin cerrar a nivel de la garganta. Como si tuviéramos la espalda apoyada contra una pared y quisiéramos hacer lo mismo con la cabeza, pero de manera natural. No olvidemos que el cuello debe estar relajado y libre para ayudar al buen funcionamiento de la mente, nuestra “torre de control”. También puede ser útil en esta búsqueda de la posición de la cabeza el hecho de abrir un poco la boca, relajando así el maxilar inferior.
“Hunde el pecho”
Cuando el profesor nos dice de hundir el pecho, normalmente exageramos el gesto (posiblemente nuestro profesor también lo hace). El riesgo aquí será un incremento de la curvatura cervical o una excesiva tensión en esa zona. También podría haber repercusiones a nivel de la musculatura torácica y el plexo solar.
Durante años estuve hundiendo el pecho literalmente. Se me daban explicaciones físicas, emocionales y de actitud que me hacían ver claro que debía hundir el pecho. También la idea de hacerse una esfera, de redondear la espalda como el caparazón de una tortuga nos lleva a empujar el pecho hacia dentro y atrás.
Prefiero pensar en soltar, relajar y dejar caer el pecho, pero manteniéndolo abierto y natural, ni hacia delante ni hacia atrás. Aunque hablemos de micro-movimientos, la idea de abrir y redondear la espalda no debería implicar cerrar y colapsar el pecho. Si lo hundimos nos arriesgamos a volver a romper la estructura. Sin embargo, si entendemos “abrir la espalda” más hacia los lados que hacia atrás, evitaremos cerrar el pecho y el plexo solar.
“Relaja las piernas”
¿Ah, pero las tengo tensas? ¡No puedo relajarlas, me caería! Cuando nuestro profesor nos dice de relajar las piernas, muchos de nosotros entramos en crisis. Nos parece imposible, y además no sentimos que las tengamos tensas… y no sabremos ni podremos relajar nada que no sintamos en tensión. Además, nuestro inconsciente no se cree que podamos ser más estables y efectivos relajando nuestras piernas. Cuando practicamos empuje de manos “nos agarramos” con todo lo que podemos a la tierra, tensando nuestras piernas y, en consecuencia, todo nuestro cuerpo. Esto nos hace mucho más vulnerables a cualquier acción que venga del compañero.
Por lo tanto, y no solamente desde el punto de vista de la efectividad marcial, será interesante aprender a relajar nuestras piernas. ¿Y qué significa relajarlas? ¿Hasta dónde hay que hacerlo? Podríamos pensar que si las relajamos completamente nos caeríamos al suelo… claro. Pero de lo que se trata, en mi opinión, es de encontrar el punto en el cual estemos utilizando el mínimo gasto muscular posible, para mantenernos de pie.
Este objetivo pienso que es de los más difíciles de conseguir ya que, como decía antes, nuestro inconsciente no se lo cree. Nuestros patrones de forzar y tensar están tan arraigados en nuestro interior, que resulta una tarea casi imposible de lograr. En cuanto nuestra atención se va del ejercicio, volvemos a la tensión, perdiendo la poca o mucha relajación que hubiéramos podido conseguir hasta ese momento.
Por lo tanto deberíamos de insistir y volver continuamente al ejercicio; dar constantemente la orden a nuestro inconsciente de relajar, de soltar, de confiar… en un intento de “desaprender” el patrón de forzar y crear uno nuevo, más acorde con nuestra práctica y sobretodo, más beneficioso para nosotros mismos.
“Relaja los brazos”
Tan difícil o más que el apartado anterior será llegar a relajar los brazos, cuando nos lo aconseja nuestro profesor. Es nuestro principal punto de contacto con el compañero, y podemos entender mentalmente que cuanto más relajados estén, mejor será nuestra escucha y sensibilidad. Pero por eso mismo, porque es la parte de nuestro cuerpo que primero siente la acción del compañero, solemos tenerlos en tensión en una actitud (equivocada) de defensa, de protección, de miedo…
Además, será muy difícil relajar los brazos, por ejemplo, en el empuje de manos, si el resto del cuerpo no ayuda.
Los hombros deberían actuar con la misma libertad o más que las caderas. Normalmente los bloqueamos hacia arriba, adelante, adentro o atrás. Los codos suelen compensar elevándose y las muñecas se bloquean hacia dentro o hacia fuera y no permiten que la fuerza llegue a las palmas y los dedos. Esto evita cualquier posibilidad de escucha del compañero, y por supuesto cualquier transmisión de nuestra fuerza postural.
Creo que además de un buen profesor y una práctica correcta, es necesario un buen compañero para poder profundizar y llegar a encontrar la buena posición de los hombros, codos, muñecas y manos.
¿En qué nos puede ayudar la búsqueda de nuestra postura?
No quiero caer en el error de pensar que sólo hay una y única postura buena; nos vamos a encontrar con diferentes cuerpos a los que habrá que adaptar todos estos principios biomecánicos (foto 7). Pero el hecho de buscar la “naturalidad” no sólo nos ayuda a reequilibrar nuestra musculatura, nos ofrece también la posibilidad de mejorar nuestra práctica en la forma o el qi gong, o en la práctica de la alerta, sea en la lucha, el combate o en la meditación.
Se dice que el plano físico no es el más importante pero es la base, “el recipiente donde cocinar”. Personalmente creo que todos los planos tienen la misma importancia y que pueden llegar a la misma profundidad. Por eso, aunque en este artículo me he limitado al nivel más físico, estas reflexiones son extensibles a otros planos energéticos, como lo emocional y lo mental.
Juanolo, 15 de septiembre de 2005
¿PARA QUÉ PRACTICAMOS?
Cuando comenzamos una práctica de crecimiento personal, tenga ésta o no una directriz espiritual, deseamos cambiar, convertirnos en mejores personas, conocernos a nosotros mismos, romper nuestros patrones de comportamiento, obtener mucho conocimiento, sabiduría y en el caso de que sí sea espiritual el camino elegido, deseamos también alcanzar la iluminación. Seguramente antes de empezar con esa disciplina o al poco de estar practicándola hemos leído lo suficiente sobre el tema para despertar esos deseos, en principio lícitos, pero que pueden distraernos e incluso desviarnos completamente del camino.
Después de llevar un tiempo en la práctica podemos tener la sensación de habernos liberado de muchas de las cadenas que nos mantenían presos: el egoísmo, la envidia, los celos, la rabia... Nos sentimos especiales, incluso superiores y más evolucionados que el resto de los mortales; pero ¿de verdad es así?
Muchas veces cuando comprendemos a nivel mental que algo es un obstáculo en nuestro camino decidimos eliminarlo de nuestras vidas. Huimos si es necesario de las situaciones que nos lo provocan y así creemos que lo hemos trascendido y superado. Pienso que es una forma de engañarnos a nosotros mismos; no conseguiremos transformar nada de esta manera. Para poder cambiar algo primero debemos verlo, aceptarlo y reconocerlo. Y no podemos aceptar y menos reconocer algo que “no queremos ver ni vivir”. Por otro lado es muy difícil llegar a cambiar nuestros patrones más profundos; podemos llegar a desarrollar la conciencia y atención necesarias para no caer en lo que siempre caemos. Pero eso no quiere decir que lo hemos trascendido porque en cuanto bajemos la guardia volveremos a repetir nuestro patrón. La conciencia sobre lo que queremos cambiar debería estar siempre alerta, presente hasta el final.
Asistimos a muchos cursos para aprender técnicas nuevas y más sofisticadas (porque pensamos que ya tenemos el “nivel suficiente” para trabajarlas y que nos vuelve a hacer “diferentes”). Agrandamos nuestro conocimiento pero no nuestra sabiduría. Nos creemos mejores que los demás por “saber más”, por pertenecer a la “mejor escuela”, por habernos formado en el “mejor centro”, con los “mejores maestros”... en realidad además de agrandar nuestro conocimiento también estamos agrandando nuestro ego.
Por otro lado, en estos cursos, nos podemos hacer una imagen equivocada de nosotros mismos, tanto si asistimos a ellos como alumnos o como profesores. El ambiente suele ser distendido, así que será raro que alguien “nos ponga el dedo en la llaga”. Nos sentimos en paz, nos percibimos cada vez más maduros y evolucionados. Sentimos nuestra entrega como algo sincero. Pero ¿qué ocurre cuando volvemos a nuestra casa? ¿cuando debemos hacer lo de cada día? Deberíamos fijarnos en los pequeños detalles tanto en lo que hacemos como en nuestras relaciones cotidianas. Lo más normal es que nos demos cuenta de que caemos en los mismos errores, repitiendo una y otra vez nuestras pautas de comportamiento. ¿Cuál de los dos ambientes es más real? ¿en cuál soy más yo y en cuál más mi máscara? ¿hasta dónde puedo aplicar e incorporar la práctica en mi vida cotidiana? Recuerdo un alumno que comenzó hace un par de años, era muy serio e incluso desagradable con sus compañeros de clase. Después de un tiempo comenzó a sonreír y a participar en el grupo. Claro, en su vida cotidiana no habría cambiado nada hasta ese momento, pero con el tiempo es posible que lo lograra ya que el marco que le ofrecía la práctica y el grupo le ayudaban a ver que podía comportarse de manera diferente a como lo había hecho hasta entonces.
Tras algunos años de práctica puede llegar un día en que nos demos cuenta de que no somos tan especiales como queríamos y pensábamos ser, de que somos mediocres; igual que los demás, simplemente “del montón”. Comprendemos que no llegaremos a la iluminación, ni tampoco seremos los mejores en lo que nos gustaría destacar. Este es un momento muy importante en nuestra práctica. Como consecuencia de ello puede aparecer una crisis y depende de cómo la gestionemos marcará el rumbo a seguir. Una reacción que veo muy común es volver la cara hacia otro lado y mantenernos en el autoengaño; no reconocemos nuestra mediocridad y seguimos como hasta ahora. También podemos reaccionar con una crisis existencialista y mandar a paseo todo lo aprendido hasta ahora, nos sentimos decepcionados con la práctica (ya que por supuesto si no funciona es porque el fallo está en la práctica, ¡nunca en uno mismo...!- otro autoengaño) y comenzamos quizás otra práctica para, en realidad, repetir lo mismo. Puede ser que esta crisis nos lleve a sentir la necesidad de pedir ayuda, de hacer algún tipo de terapia. Y puede que ésta nos ayude a avanzar en el conocimiento de nosotros mismos, a descubrir los porqués de muchas cosas pero no nos garantizará tampoco el cambio. Hay a quien la crisis le pilla más tarde, cuando ya está tan involucrado en la práctica o en el papel que está jugando que resulta casi imposible rectificar su camino. Necesitaría mucha humildad y sinceridad para hacerlo. Normalmente puede más la ambición de llegar más lejos, de ser famoso… para ganar, de alguna manera, la inmortalidad en la mente de sus seguidores. Es muy posible que su huída sea hacia delante, afianzándose donde ya estaba, mejorando su discurso para “justificar” su hacer o incluso fundando una nueva línea, escuela o imperio. El cual, por supuesto, será el mejor.
Podríamos continuar con infinidad de justificaciones para que nuestro ego (otra vez) nos haga seguir creyendo que somos especiales.
Pero también podría ser interesante hacernos preguntas como: ¿quién soy yo para alcanzar la iluminación? ¿quién para merecerme al mejor maestro? ¿quién para fundar la mejor escuela? ¿acaso me considero un ser especial, un elegido? ¿un elegido de quién? ¿cuánta gente en toda la historia ha conseguido iluminarse? ¿seguro que yo soy uno de ellos?.
Seamos sinceros en nuestras respuestas, no nos engañemos más y reconozcamos lo que hay... Es un acto de humildad. Es el primer paso para poder cambiar.
Pero entonces ¿qué sentido tendría continuar con la práctica? Cuando en nuestra práctica tenemos como objetivo principal alcanzar algo muy elevado es fácil desarrollar la ansiedad típica del impaciente. Nos da igual qué hacer con tal de conseguir lo que queremos. Decimos a los demás que lo importante no es la meta sino el camino pero en realidad lo que queremos es llegar. Es esta ansiedad la que nos ciega, la que no nos deja avanzar ni tampoco valorar ni disfrutar lo ya conseguido.
Si al darnos cuenta de que no somos “tan guapos ni tan majos” aceptamos que no llegaremos a tan alto nivel, la ansiedad podría desaparecer y comenzaríamos a disfrutar de nuestra práctica a otro nivel. Ya que nuestra mente no estaría exclusivamente en alcanzar la iluminación podríamos poner más atención en nuestro qué hacer cotidiano y en nuestras relaciones de siempre (dejaríamos posiblemente de ser tan pretenciosos y arrogantes). Pondríamos más conciencia en las pequeñas cosas de la vida; nos daríamos cuenta de que son tan importantes como la propia práctica. Podríamos vivir un poco mejor, que no es poco.
Pero hay algo más: además de beneficiarse uno mismo, ¿en qué beneficia mi práctica al prójimo? Otro riesgo en la práctica es cuando ésta nos lleva únicamente a observar nuestro ombligo, olvidándonos de los demás. Como anécdota quiero referirme a un curso al que asistí recientemente (aunque es algo bastante común a todos los cursos en los que hay una convivencia). No es importante de qué tipo de práctica se trataba pero insistía en el crecimiento personal, la generosidad, la compasión. Todos los que estábamos ahí nos sentíamos comprometidos con la práctica pero a la hora de coger mi “ración de melón” en una de las comidas, me encontré que no quedaba nada mientras que había platos con “doble ración”. Puede que fueran muy evolucionadas aquellas personas pero no fueron capaces de pensar en los demás a la hora de compartir una comida... y precisamente lo que más hacemos en nuestra vida es “compartir” (espacio, familia, amistad...). Deberíamos tener en cuenta que el hecho de seguir una disciplina de este tipo no implica que seremos mejores personas de forma automática.
Por eso pienso que es necesario encontrar un camino, un sentido y una dirección en nuestra práctica que no recaiga exclusivamente en uno mismo, sino también en los demás. Y creo que la noción del Bodhisattva : “el guerrero/a espiritual que se entrega a la ayuda al prójimo antes incluso que su propio bienestar”, puede darnos ese sentido de compartir. Esta sería la comprensión más profunda de nuestra práctica y que completaría nuestro compromiso, investigación y avance personal. A veces una idea así nos abruma, ya que de nuevo parece algo inalcanzable; pero hay situaciones naturales a lo largo de nuestra vida que pueden llevarnos a comprenderla. En mi caso ha sido al experimentar la paternidad. Un hijo nos ayuda a ser generosos, a entregarnos desinteresadamente, a sentir lo que significa “dar de manera incondicional”. Desde que somos madres o padres ya no somos los primeros, hay una “personita” que es la primera, que está antes que uno mismo... Podemos estar cansados, incluso extasiados, pero estamos ahí, con él, cuidándole. Lo que deseamos es que “esté bien, que crezca y se desarrolle lo mejor posible”. Aunque lamentablemente no es así, si fuéramos capaces de extender esto al resto de nuestras relaciones, habríamos comprendido el verdadero sentido Bodhisattva de nuestra práctica.
Juanolo, 29 de septiembre de 2005
LA CREMA DE PUERROS
Me gustaría enfocar esta reflexión hacia un tema que me inquieta desde hace ya un tiempo. Me refiero a que con bastante frecuencia, me voy encontrando personas en el mundo del Tai Chi (aunque podría ser en cualquier otra disciplina tanto oriental como occidental) que aseguran que su Tai Chi es el original, el auténtico, o que el Tai Chi es esto y no lo del otro... Me parece una postura muy arrogante.Podemos encontrar dos grandes enfoques dentro del Tai Chi Chuan: una línea más tradicional en cuanto a transmisión y contenidos; y otra que ha ido absorbiendo tendencias y evolucionando en otra dirección, según el lugar donde se haya ido desarrollando. Ambas tendencias se han dado hasta hace no muchos años en China, y ahora también en el resto del mundo.Cuando el Tai Chi Chuan llegó a E.E.U.U. y a Europa se encontró con un tipo de vida muy diferente al de su país de origen. Una sociedad con un ritmo y unos objetivos diferentes, con otra visión de la vida. Una sociedad en la que la juventud, harta de guerras y tras su decepción espiritual con el catolicismo, estaba sedienta de prácticas exóticas con orientación místico-espiritual. Por otro lado, se abrieron nuevos campos en la psicoterapia y también surgieron diferentes tipos de trabajos psico-corporales y de crecimiento personal occidentales.Por lo tanto el Tai Chi, tuvo que convivir en este desconocido “marco” con las nuevas corrientes que iban emergiendo. No es de extrañar que en pocos años aparecieran las primeras “fusiones” que, según sus creadores, hacían el arte más cercano y adaptado a la cultura occidental. Por supuesto también existían los enfoques más tradicionales, aunque estos tardaron un poco más de tiempo en encontrar su lugar aquí.Hoy, en el año 2007, se podría decir que coexisten ambas tendencias. Y digo “se podría decir” porque en realidad rivalizan, compiten y ostentan cada una de ellas “la verdad” del Tai Chi Chuan.Como decía al principio me molesta que se intente desprestigiar a los demás. El Tai Chi, tanto “tradicional” como “adaptado”, ha ido e irá evolucionando porque es algo vivo y una herramienta eficaz.En la enseñanza tradicional y jerárquica, cada maestro siempre ha ido innovando y aportando sus investigaciones a la práctica; por lo que desde un mismo maestro, podemos encontrar diferentes enfoques entre sus primeros discípulos y los últimos. Mi opinión es que, normalmente, estas aportaciones son fruto de una profundización y dedicación, dignas de respeto. Sin embargo oímos descalificaciones de unos estilos a otros, o entre diferentes escuelas de un mismo estilo.Los mismos descréditos se dan en las diferentes vertientes dentro del enfoque no tradicional o “adaptado”. Pondré un ejemplo para explicarlo: imaginemos que queremos hacer una crema de puerros. Vamos a la nevera y nos damos cuenta de que sólo tenemos un puerro, por lo que decidimos añadir una patata, un calabacín, una zanahoria y una lechuga. Es posible que la crema resultante sea más rica que la que tenga exclusivamente puerros (aunque dependerá del gusto de las diferentes personas). Incluso, podría ser también que fuera más fácil de digerir. Pero lo que no podemos hacer es abrir un restaurante y decir que ESA es LA CREMA DE PUERROS. Sería más acertado decir que es una versión de la crema, pero no que es la AUTÉNTICA .De la misma manera, cada enfoque que podemos ofrecer no es EL ÚNICO TAI CHI, sino una interpretación del mismo.Otro frente está entre unas escuelas que defienden exclusivamente la práctica de la forma, el qi gong y la meditación obviando su aspecto marcial, y otras escuelas que se centran exclusivamente en el aspecto marcial o en el competitivo, sin viajar hacia los planos emocional ni mental-espiritual…¿No son marciales los movimientos que se realizan? ¿No es la meditación en muchos momentos una lucha interna con uno mismo? ¿No fueron unos monjes los que desarrollaron la práctica a partir de unos ejercicios que les había enseñado otro monje, Bodhydarma? ¿No es la Paz el destino del arte marcial?¿Quién se atreve a decir cuál de las dos opciones es la verdadera? La respuesta que se nos ocurre es que el Tai Chi es la unión de las dos; sin embargo no es lo que se suele ver.Y mientras tanto oímos críticas, juicios, desprecios... pero ¿en qué empleamos el tiempo? El profesor que se dedique a criticar a los demás profesores o escuelas seguramente necesita que los que le escuchan, le apoyen y le valoren; posiblemente se siente, en realidad, inseguro de lo que enseña, tiene miedo y decide competir con el vecino.Es también un problema ético: ¿quién nos da derecho a juzgar y sentenciar a otros profesores, colocándonos para ello por encima de ellos? ¿Dónde está la humildad que tanto pretendemos lucir; dónde, la compostura y la integridad? En estos casos veo sobretodo vanidad, soberbia y altanería.Cuando un alumno decide empezar a estudiar con otro profesor, a veces el profesor trata de convencer al alumno de que es mejor que no vaya con el nuevo, incluso convencido de que no es conveniente para él y que le evita caer en un error... ¡qué cutre! Si no somos capaces de incentivar a nuestros alumnos para que investiguen, aprendan con otros profesores e incluso se equivoquen para que puedan después progresar, estaremos convirtiendo nuestro sistema en algo cerrado y estancado. Estaríamos entrando en una relación competitiva e insana con el resto de profesores.Puede también, que alguno de nosotros descubra algo interesante para la práctica del arte, o para su estructuración y difusión, su evolución, su teorización o su transmisión. Pero esto tampoco nos da el derecho de creernos superiores y llegar a despreciar lo que no está acorde con nuestra manera de entender el Tai Chi.Este tipo de casos también nos pueden hacer perder el respeto por los demás.Nada más alejado de lo que, en mi opinión, pretendemos conseguir con el Tai Chi. Cuando leí por primera vez el Tao Te Ching de Lao Tse, lo que más me quedó grabado fue la insistencia en la humildad, en el quitarse importancia, en no ser arrogante. ¿Hacia dónde vamos si en lugar de entregarnos a la práctica y su transmisión empleamos la mayor parte de nuestra energía en criticar, desvalorizar y desprestigiar a los demás; y en justificar nuestro enfoque como el mejor, o peor aún, como EL ÚNICO? Lo que conseguimos así, es precisamente desprestigiar al Tai Chi Chuan.Otro aspecto negativo de todo esto es cuando afecta a nuestras relaciones personales. He visto relaciones de amistad de muchos años (incluso relaciones de pareja) que se han roto a partir de un desencuentro provocado por el enfoque en el Tai Chi. Me resulta muy triste y creo que en realidad, cada uno de ellos no ha podido aceptar que la persona a la que quiere, evolucione de una manera diferente en su práctica. Cuando nos ocurren este tipo de cosas deberíamos preguntarnos si estamos entendiendo la Vía, si realmente sabemos para qué practicamos.Todo esto es motivo suficiente para promover y aconsejar los diferentes encuentros abiertos o festivales de Tai Chi Chuan, ya que ayudan a romper barreras, quitar miedos y sobretodo a compartir y aprender de lo que los demás saben. No seamos tan soberbios de creer que tenemos todo lo que necesitamos, abramos nuestra mente a otros enfoques; eso sí, con un buen criterio propio para saber dónde está el grano, y dónde la paja.Creo que merece la pena estar abierto y respetar los diferentes puntos de vista en nuestra práctica, evitando pensar que el nuestro es el auténtico y lo tiene todo.La duda, sin que llegue a ser obsesiva, es un buen síntoma de apertura y de búsqueda; ambas imprescindibles en nuestro camino. Juanolo, 15 de julio de 2007
LA FORMA II (EFECTOS TERAPÉUTICOS)
De sobra son conocidos los efectos beneficiosos para la salud que tiene la práctica de tai Chi Chuan: nos aporta calma, mejora la respiración, la circulación sanguínea y energética, tiene un efecto directo sobre los diferentes órganos y el sistema inmunitario… La relajación en nuestros músculos y tendones posibilitarán una mayor apertura de nuestras articulaciones. Aumentará nuestro “espacio interior” tanto a un nivel físico como emocional y mental. En mi opinión todo esto es algo que lo diferencia del deporte de competición, donde la necesidad de ganar producirán el efecto contrario: mayor tensión muscular y tendinosa, presión intra-articular en aumento… en detrimento de la propia salud del que lo practica.
Algo que comprobamos enseguida es la relajación general en todo el cuerpo; aunque en mi opinión el Tai Chi necesita de una buena serie de estiramientos para conseguir una mejor elasticidad y elongación de nuestros músculos (disciplinas como el Yoga o algunos tipos de Qi Gong pueden ayudarnos a conseguirlo). En caso contrario la relajación que nos aporta exclusivamente la forma puede quedarse a un nivel más superficial.
Las diferentes posturas de la forma tienen también en cuenta los meridianos o canales de energía (qi), de manera que al ejecutar la forma vamos abriendo y estimulando la circulación energética. En un principio tenemos una sensación de hormigueo o de calor en las manos y brazos, pero poco a poco la sensación se convierte en una suave vibración más generalizada. Esto sucede tanto a un nivel más físico, por ejemplo en nuestros músculos, órganos; o más sutil, como el Tan Tien o determinados puntos energéticos. La importancia no está en el hecho de sentir el qi sino en que eso indica que se van despertando y sensibilizando diferentes partes de nuestro cuerpo.
Si miramos los efectos en cada uno de los tres niveles, cuerpo, corazón y mente, la forma puede ayudarnos en cada uno de ellos dependiendo de dónde pongamos el énfasis al realizarla. El primer aspecto sería el más físico, la estructura. En muchas ocasiones podemos observar a un practicante ejecutar la forma de una manera muy suave y estética, pero si prestamos atención a sus pies, rodillas, caderas y pelvis nos damos cuenta de que su estructura está rota o bloqueada en algunos de esos niveles. En estos casos, podemos conseguir una determinada calma al realizar la forma pero la exigencia muscular es todavía grande, sobretodo a nivel de los músculos que rodean las rodillas y la zona lumbar. Esto quiere decir que la relajación es menor y menos efectiva. Cuando pasamos a la etapa de ir perfeccionando la forma deberíamos dar más importancia a una colocación correcta de los diferentes segmentos y articulaciones de nuestro cuerpo que a realizarla de la manera más estética posible. La suavidad arriba sin una buena base o enraizamiento no es una suavidad de verdad.
Lo mismo ocurre con los brazos con respecto a la espalda: en ocasiones encontramos formas que se recrean demasiado en movimientos de los brazos y manos, produciendo una tensión extra en los hombros, pecho y zona cervical. En muchos casos el movimiento no viaja desde los pies por todo el cuerpo hasta las manos, sino que proviene directamente de los hombros; convirtiéndose en un movimiento fraccionado y rígido.
Igualmente es importante la armonía en la postura: la posición de los brazos y piernas debería relacionarse con el cuerpo en una proporción natural, cómoda y efectiva. Debemos evitar sobre-extensiones de nuestras extremidades o quedarnos a medio camino sin terminar de hacer un movimiento hasta el final.
Si conseguimos una estructura correcta y adecuada a las características de cada uno el efecto terapéutico a nivel de relajación muscular, tendinoso y articular será mayor y más efectivo: nuestro cuerpo podrá ir reequilibrándose con el tiempo. También en este caso la estimulación circulatoria del qi será más efectiva. Por supuesto, todo esto facilitará un mayor equilibrio emocional y mental.
El siguiente aspecto del que podemos beneficiarnos es el nivel de los sentimientos y emociones. Al utilizar los diferentes ritmos entrenamos y desarrollamos diferentes cualidades y dependiendo del momento en el que nos encontremos puede ser más útil uno u otro. En los períodos en los que nos sentimos demasiado cansados o decaídos un ritmo fluido nos puede dar energía para afrontar ese momento. También en los casos en los que la confusión no nos deja ver o decidir con claridad. El ritmo de agua nos ayuda a mover y despejar los aspectos que nos tienen atrapados. La mente debe estar ocupada en el ritmo, en que el movimiento no se “desborde”, en no precipitarse… y por lo tanto se encontrará más libre con respecto a lo que nos está inmovilizando. Esto, a su vez, puede ayudarnos a una posterior reflexión y elaboración más efectiva de nuestras dudas y conflictos.
Si en cambio nos sentimos demasiado bloqueados, estancados o tensos, el ritmo rápido puede ayudar a desahogarnos, a “romper” y “limpiar” esas tensiones encerradas en las diferentes partes de nuestro cuerpo. Incluso es posible que se hagan más conscientes aspectos emocionales encerrados en dichos bloqueos. Es importante aquí poner mucha atención en la ejecución del gesto para evitar lesiones innecesarias.
Por último si estamos demasiado eufóricos o impulsivos, el ritmo lento es el que nos dará la calma que necesitamos. Quizás por el ritmo de vida que llevamos en el que es esencial ralentizar y parar, este ritmo lento es el más utilizado.
En cuanto a la mente, ya desde la primera clase podemos experimentar un efecto de calma debido a que al ser todo nuevo nuestra mente debe estar al cien por cien en el entrenamiento y no tendrá tiempo de distraerse y divagar. Normalmente nuestra mente está demasiado ocupada en el pasado, futuro, problemas, deseos… tenemos una cascada constante de diferentes pensamientos pasando de uno a otro con rapidez. El hecho de estar concentrados en una sola cosa (siempre que esa concentración no sea demasiado tensa) hace que la mente experimente calma tras la sesión. Lo mismo ocurre en las etapas de ir memorizando y perfeccionando la forma. La mente debe estar pendiente de cada detalle y lo normal es que no se distraiga.
Una vez superadas estas etapas, la mente no necesita estar tan pendiente de los diferentes movimientos y pasamos al aspecto más sutil, que sería la actitud meditativa, en el cual se puede desarrollar la presencia y la atención. El poder mantener la mente desapegada de todo lo que vaya apareciendo mientras realizamos la forma y a la vez receptiva y atenta al momento presente nos aporta una relajación mucho más profunda.
Si fuéramos capaces de integrar este aspecto en nuestra vida cotidiana conseguiríamos caminar de una manera más sana en la vida, tanto en lo que nos gusta como en lo que no. Podríamos sentirnos mejor y disfrutar un poco más de todo lo que nos toque vivir.
Juanolo, 15 de marzo de 2006
EL EMPUJE DE MANOS
En los manuales de Tai Chi Chuan podemos ver fotografías y dibujos explicándonos diferentes técnicas del empuje de manos; también nos detallan los diferentes aspectos que podemos conseguir con su práctica: equilibrio, enraizamiento, escucha del compañero, adherirnos, seguir, capacidad de ceder, neutralizar o desviar... todos ellos aplicables al resto del entrenamiento Tai Chi. Lo difícil es leer sobre las dificultades y frustraciones que nos vamos encontrando en esta misma práctica.
Por otro lado, este intercambio no sólo se da a un nivel físico, lo que podría provocar que se movieran sentimientos o emociones en nuestro interior; algunas placenteras y otras no tanto.
Me gustaría comentar diferentes vivencias y obstáculos que he ido encontrando en la práctica del empuje de manos, así como los riesgos que conlleva cada una de las partes del entrenamiento:
Las técnicas
Cuando mencionamos el empuje de manos, lo primero que nos viene a la cabeza son estas rutinas que normalmente resultan incómodas de realizar. Lo más frecuente es que nos sintamos rígidos y torpes cuando las estamos practicando. El profesor nos habla de ceder y ser suaves, pero nos resistimos constantemente. A lo mejor nos ha tocado un compañero que empuja “demasiado” fuerte y al poco rato ya nos duele el hombro (o todo el cuerpo); nos vemos deseando que se proponga rápido el siguiente ejercicio…
Estas rutinas suelen consistir en que uno empuja hacia una zona del cuerpo del compañero y éste cede (normalmente hacia atrás) y desvía para después empujar al primero, y seguir en este juego de “dar y recibir”. Existe una gran variedad de técnicas simples y dobles, con los pies fijos o en movimiento.
Cuando practicamos las técnicas deberíamos evitar mantener situaciones demasiado tensas. Al principio no solemos ser conscientes de nuestra rigidez, por lo que no podremos relajar lo suficiente al recibir, provocando que haya tensión durante todo el ejercicio. En lugar de estar aguantando sería mejor parar y hablar con nuestro compañero para llegar a una manera más relajada de realizar la técnica.
También puede suceder lo contrario: que nos encontremos en una situación demasiado “suave” en la que ninguno de los dos tiene la intención de empujar, por lo que tampoco hace falta recibir ni desviar. Nuestro ejercicio parece un “molinillo” que gira sin sentido. Además, no deberíamos pensar que sólo por el hecho de que la ejecución de las técnicas sea suave, nos llevará a conocer verdaderamente la suavidad de la que nos hablan Los Clásicos.
A veces suele haber discusiones sobre si la distancia entre la mano y el pecho debe mantenerse intacta o puede variar al realizar las rutinas. He practicado técnicas desde los dos puntos de vista y pienso que ambos enfoques son válidos. Deberíamos ser capaces de combinarlos dependiendo de las circunstancias y de lo que se quiera enfatizar con la técnica. Por ejemplo, cuando se quiere entrenar el enraizamiento podemos aconsejar mantener esa distancia, y enseñarles a ir transformando la resistencia de sus músculos en relajación. En cambio, si queremos practicar el “ceder”, puede ser más hábil proponer lo contrario, permitiendo que el practicante ponga la atención en otros aspectos necesarios en este mismo ceder, como son la estructura corporal, la escucha y la adherencia.
Aunque dicha distancia se suele asociar a conceptos como “espacio” o “peng”, no los podemos reducir a un tema de distancia. El espacio debería comenzar “dentro” de uno mismo. ¿Hasta dónde llega mi espacio o a partir de dónde me siento invadido? Todos conocemos personas que se sienten invadidas cuando alguien se acerca a dos metros, y otras que mantienen su espacio incluso en el cuerpo a cuerpo. Las primeras tendrán más tendencia hacia la resistencia y les sería muy útil practicar las técnicas cediendo o perdiendo su “territorio”, al recibir. También hay personas con mayor tendencia a la inhibición y desestructura, que podrían sacar mayor provecho si las realizaran manteniendo este mismo espacio.
Algo importante que nos pueden aportar las técnicas es la comprensión del “vacío”. El inconveniente es que es uno de los aspectos más difíciles de integrar, no sólo en el empuje de manos, sino también en todo el entrenamiento Tai Chi. Cuando hemos terminado de empujar y nos disponemos a recibir, en muchas ocasiones no estamos en una actitud real de recibir, sino que nos estamos resistiendo al empuje del compañero. No nos vaciamos. Esto hace por un lado, que el compañero se pueda apoyar en nuestro brazo (y desde ahí desequilibrarnos) y por otro lado, aparece una tensión constante durante todo el ejercicio; por lo que aparecerá muy posiblemente dolor en el brazo, hombro o cuello.
Cuando estamos realizando las técnicas de empuje de manos y llega el momento de recibir, algo debería cambiar en nuestro interior. Justo después del lleno completo llega el vacío, cuya cualidad es muy diferente. ¿Qué significa para uno mismo ceder, recibir, escuchar o aceptar? Deberíamos observar cómo estamos recibiendo, la respuesta de nuestros músculos, ¿cedemos o nos resistimos? A veces cedemos resistiéndonos… La mínima resistencia permitirá que el compañero se apoye en nuestro brazo, colocándonos en una posición desfavorable. Pero a la vez es imprescindible mantener el contacto con el compañero, para no perder la escucha de su intención y movimiento.
Cualquiera que haya practicado este tipo de ejercicios sabe lo complicado que es conseguir este nivel de sensibilidad y escucha. Sin embargo, con paciencia, poco a poco comenzamos a comprender. Puede que un día descubramos que aquél compañero que empujaba tan fuerte no sólo lo hacía porque era un bruto, sino también porque se encontraba con nuestra propia resistencia.
Cuando nos resistimos, en realidad no estamos aceptando el empuje del compañero, quizás nos representa una agresión (a pesar de que se trate de un ejercicio). Nuestra reacción ante dicha agresión puede llevarnos a la rigidez, y también a la inhibición. Seguramente, nuestras reacciones ante el empuje de un compañero tienen mucho en común con nuestras reacciones en la vida cotidiana.
Uno de los principales riesgos, en mi opinión, al practicar las rutinas es hacernos daño a nivel articular o muscular. Como el mismo nombre indica, rutina es aquello que repetimos una y otra vez durante largo tiempo. Tras unos minutos repitiendo lo mismo, puede que surja el aburrimiento y la mente comience a divagar; pasando a ejecutar la técnica de forma automática y no siendo conscientes ni del movimiento en sí, ni de la colocación de nuestros pies, rodillas, caderas... De esta manera, además de convertirse en algo estéril (ya que será prácticamente imposible su integración), iremos sobrecargando alguna(-s) zona de nuestro cuerpo, pudiendo llegar a auto-lesionarnos (como ocurre frecuentemente a nivel de las rodillas o zona lumbar y cervical).
Por otro lado podemos caer, sobretodo si tenemos facilidad al practicar las técnicas, en desear conocer todas las que podamos. Aparece entonces una especie de ansiedad que nos lleva a querer aprender constantemente diferentes técnicas. Por un lado es imposible conocer todas las versiones y por otro, creo que es muy difícil poder practicar y profundizar en todas ellas. En mis primeros años de práctica tenía mucha avidez de aprender diferentes técnicas, hasta que comprendí que puede ser mucho más rico practicar unas pocas e investigar en ellas. Cuando conocemos muchas rutinas y queremos practicarlas todas, será casi imposible profundizar; ya que el tiempo se irá sólo en recordar todas ellas.
La práctica de las técnicas tiene la función de ayudarnos a afinar la escucha de la intención del compañero, haciéndonos uno con él y experimentando las respuestas más adecuadas. Las técnicas son simplemente un instrumento para conseguir todo esto y nunca un fin. Si damos demasiada importancia a esta parte del entrenamiento obviando otras en las que entra más en juego la espontaneidad, corremos el riesgo de quedarnos en un nivel superficial de la práctica. Al final la técnica debería desaparecer para dar paso a la creatividad y a la improvisación.
Las aplicaciones marciales (de dichas técnicas).
Esta parte del entrenamiento suele ser más amena que la anterior. Nos ayuda a profundizar en las técnicas ya aprendidas, llenando de contenido los movimientos que estamos realizando. Son ejercicios en los que el compañero nos da un estímulo ya pautado y nosotros respondemos utilizando la aplicación de la técnica que corresponde (o un movimiento de la forma). Se trata de repetirlo también muchas veces de manera que podamos ir perfeccionando el movimiento, hasta conseguir realizarlo de la manera más relajada y efectiva posible.
Al repetir la aplicación tantas veces podemos de nuevo caer en lo automático y distraernos. Para evitarlo es muy importante el papel del compañero o sparring. Algunas veces no damos el estímulo bien porque nos hemos despistado, haciendo que la información que le llega al otro sea errónea para la aplicación que debe realizar (y que de todas formas efectuará, porque es el ejercicio que toca). De esta manera este último estará educando su cuerpo para dar una respuesta equivocada o incluso resistirse.
Otro problema aparece cuando estamos dando un estímulo y nos han hecho ya la aplicación cuatro o cinco veces. En muchas ocasiones aparece un mecanismo automático e inconsciente, que hace que empecemos a resistirnos, o que demos un estímulo demasiado rápido y fuerte para la capacidad de respuesta del otro: estamos compitiendo con él. A nuestro ego no le gusta “perder” y no quiere volver a caer.
De la misma manera podemos exagerar el resultado del ejercicio, o incluso dejarnos caer antes de que el otro haya podido hacer nada. En este caso el que está haciendo la aplicación no podrá llegar a sentir lo que hace ya que en realidad “no lo hace”.
En todos estos casos hay una falta de conciencia del ejercicio en sí y del papel que nos ha tocado. El compañero debe estar atento a dar el estímulo con la máxima precisión posible y no demasiado duro para que el otro pueda hacer su trabajo, pero sin perder la intención del supuesto ataque que debe realizar. Y por supuesto debe estar dispuesto a “caer” cuantas veces haga falta mientras el otro practica la aplicación. De paso podría ser interesante experimentar sobre el papel del que cae: ¿cómo vivimos el caer, la frustración, el perder? ¿En qué momentos de nuestra vida nos sentimos así...?.
Creo que si estamos atentos a este tipo de cosas cuando nos toca este papel, ambos podemos salir beneficiados: el compañero conseguirá integrar la técnica que está practicando, y nosotros estaremos trabajando a un nivel más profundo, con la competitividad de nuestro ego y aprendiendo a ser un poco más generosos. Si nos ocupamos de que nuestro compañero aprenda más, recibiremos lo mismo de él haciendo el intercambio mucho más rico y provechoso.
Ejercicios de sensibilidad
Son ejercicios con los que iremos adquiriendo diferentes sensibilidades como la adherencia, la escucha, el unirse y seguir al otro... Cuando realizamos la lucha del empuje de manos, mantenemos continuamente el contacto con el compañero. Los brazos (y el resto del cuerpo) actúan como antenas, se convierten en nuestros “ojos y oídos”, y nos avisarán de la intención del otro. Se trata de ir educando la sensibilidad de nuestra piel, la cual debido al predominio del sentido de la vista, no está muy desarrollada. Esto será muy útil en la lucha ya que podremos “sentir” el ataque del compañero un instante antes de que lo podamos ver.
Estos ejercicios nos ayudarán también a entender el enraizamiento, o el “lleno y el vacío”. Con ellos aprenderemos a empujar con menos esfuerzo, a utilizar la fuerza del compañero recurriendo a la estructura y las mecánicas corporales, en lugar de aplicar la tensión de nuestros músculos.
El riesgo en este tipo de ejercicios es que al no haber tanto compromiso de lucha, podemos perder el sentido y la intención marcial al realizarlos. Debemos estar atentos para que no se convierta en un “mover por mover” los brazos sin ninguna intención ni sentido.
Las posiciones estáticas o Zhan Zhuang
Las posiciones estáticas tienen mucho que aportar al empuje de manos, tanto a nivel de relajación y de estructura, como de actitud en la lucha:
En Zhan Zhuang hay diferentes posiciones de brazos y piernas, siendo la más conocida la de “abrazar el árbol”. Se pueden practicar con diferentes enfoques, terapéuticos y marciales; con visualizaciones o sin ellas, con los ojos abiertos o cerrados, con diferentes tipos de respiración...
Aunque normalmente le damos mucha importancia a la “cantidad” de minutos que nos mantenemos inmóviles, creo que es más importante la “calidad” en la ejecución del ejercicio. Debemos evitar pensar que si practicamos muchas horas conseguiremos automáticamente comprender “la verdad” de estos ejercicios. Practicarlas sin conciencia nos puede hacer daño y no nos aportará demasiado.
Cuando permanecemos un tiempo de pie con los brazos levantados no tenemos más remedio que ir ajustando nuestra postura, para que el dolor, que no tardará mucho en aparecer, no se nos haga insoportable. Diferentes tipos de tensiones van apareciendo y bloqueando el sistema músculo-esquelético, respiratorio y/o neuronal con mayor frecuencia. Aparece el dolor. Este dolor es algo que nos va a acompañar en esta práctica pero será muy importante cómo lo enfoquemos. No deberíamos buscarlo ni rehuirlo; y nuestra actitud puede hacer que sea útil en nuestro entrenamiento, tanto para mejorar nuestra técnica como nuestra estructura corporal. Por supuesto que a nadie nos gusta sufrir el dolor, pero si lo aceptamos y observamos, iremos aprendiendo a relajar las diferentes partes de nuestro cuerpo que contribuyen a que éste aparezca.
Creo que uno de los riesgos es tomar una actitud de “aguantar” o “resistir” en este ejercicio. Si aguantamos un dolor nos estamos aferrando a él, y lo más normal es que éste crezca. Nuestra mente se resiste y lucha contra el dolor, mientras nuestra musculatura se pone cada vez más tensa y el diafragma bloquea la respiración. Al resistir estamos generando otra tensión y añadiéndola a la que ya existía. Si entrenamos mucho podremos “aguantar” durante mucho tiempo pero en mi opinión no se trata de eso, sino de “soltar”, de “relajar”. Si nos encontramos “resistiendo” y no conseguimos relajar la doble tensión que se origina, pienso que es mejor descansar y retomar la postura tras unos minutos.
Se suele decir que cuando el dolor aparece debemos observarlo con distancia. De esta manera descubriremos por ejemplo, que no es algo fijo, sino que cambia de intensidad, de lugar, de temperatura e incluso a veces desaparece para volver a aparecer; o no. Unas veces es agudo, otras difuso, más interno, más externo...
Pero igual de interesante es observar cómo reacciona nuestra mente ante el dolor: ¿Se distrae? ¿Se apega a él? ¿Está esperando a que el profesor diga de bajar los brazos? ¿Aceptamos el dolor o nos lo queremos quitar de encima lo antes posible? ¿Existe lucha en nuestra mente? Muchas veces no podemos más, sentimos que deberíamos bajar los brazos, pero no lo hacemos para no mostrarnos débiles, por ejemplo.
De la misma manera, si observamos nuestro cuerpo veremos que está haciendo micro-movimientos para “escapar” del dolor. Estos pequeños movimientos se realizan de forma automática buscando una posición más “cómoda” (que a su vez nos llevará a un nuevo dolor). También puede aparecer temblor debido a la rigidez y debilidad de nuestros músculos. A algunos nos asusta este temblor y en ese caso podemos detenerlo; sabiendo que un día puede merecer la pena no parar, atravesarlo y ver qué sucede. Si nos fijamos a nivel emocional veremos que a lo mejor existe miedo de no ser capaz de “aguantar” hasta que el profesor diga el final. Quizás experimentamos frustración, vergüenza o rabia si hemos tenido que bajar los brazos; orgullo o euforia si lo hemos logrado. A lo mejor proyectamos la figura del padre en el profesor y eso nos hace reaccionar de una manera u otra. O quizás queremos demostrar al grupo que podemos hacer el ejercicio.
También pueden aparecer diferentes reacciones ante la debilidad e impotencia que el dolor nos provoca: ansiedad, tristeza, llanto...
Mi opinión es que cuando aparezca el dolor, nos aseguremos primero de que nuestra estructura esté bien alineada, y en caso contrario ajustar la postura. Nos daremos cuenta de que siempre hay, en cada uno de nosotros, una o más zonas de tensión que se repiten, lo que provoca que nuestra posición esté a menudo descompensada. Debemos estar atentos a corregir las veces que sean necesarias dichos bloqueos, en un intento de buscar la posición más relajada posible.
De todas formas aunque nuestra estructura esté bien alineada, es posible que el dolor nos acompañe durante parte o todo el ejercicio. Pero este tipo de dolor será diferente: percibiremos algo más interno, un dolor con “historia propia”. A medida que la relajación es más profunda, van deshaciéndose bloqueos energéticos-musculares. En este momento, lo que se suele recomendar es que la mente esté fija en algún aspecto determinado, más encarado a la relajación o a lo marcial. Pero también podemos optar por un enfoque más contemplativo, donde la mente pueda observar el dolor y lo que éste nos provoca. El dolor, de alguna manera, refleja nuestro “ruido interno” y es hábil darle un espacio para expresarse: ¿Qué tipos de pensamientos, imágenes, recuerdos, sentimientos... aparecen cuando miramos al dolor? ¿Qué reacciones aparecen a nivel corporal y emocional? ¿Cómo estamos viviendo el dolor?
Puede que con el tiempo vayamos quitando capas, descubriendo cosas y profundizando en un dolor que, si fuéramos más sensibles y perceptivos, hubiéramos detectado mucho antes.
Un riesgo en este ejercicio es la distracción, incluso aunque exista el dolor (sería una manera de negarlo). Aunque parezca difícil, podemos llegar a tener un estado de “aletargamiento” mientras practicamos las posiciones estáticas. En muchos de nosotros, pueden más los proyectos de futuro y recuerdos del pasado que el dolor del aquí y ahora. Esto puede conllevar a hacernos daño a nivel músculo-esquelético. Desaparece así nuestra “presencia interna”. Pienso que es hábil adoptar una actitud de “alerta”: como si fuera a suceder algo y no nos lo quisiéramos perder. O también, como si decidiéramos comenzar a movernos sin llegar a hacerlo: el movimiento en la quietud.
A veces, estamos en el presente y lo que nos distrae son las sensaciones agradables, como calor, hormigueo, colores o cualquier otra sensación. Está muy bien ser conscientes de que están, pero no deberían desviarnos del trabajo.
En ocasiones, cuando practicamos “Zhan Zhuang”, poco a poco nos vamos comprimiendo, haciéndonos “pequeños”. Nuestra espalda, en lugar de irse abriendo, se cierra y encoge. En este caso va desapareciendo también nuestra “presencia externa”. Creo que al practicar este tipo de ejercicios no debemos perder la noción de expansión. Nos puede ayudar la idea de estar “dentro” de la corteza del árbol, empujándola suavemente hacia fuera en todas las direcciones.
De la misma manera no debemos descuidar el aspecto complementario: la compresión. Una y otra se deben ir generando mutuamente, como el Yin y el Yang.
Una de las mayores dificultades que he encontrado hasta ahora es relajar las piernas. Desde el momento en que somos conscientes de que nuestras piernas están en tensión, nuestro trabajo será ir eliminando el excesivo gasto muscular y energético que utilizamos, para simplemente estar de pie. Es una tarea muy difícil porque inconscientemente volvemos a tensar las piernas. Como si tuviéramos miedo a caernos, por el hecho de relajarnos. Además, no nos creemos que se puede luchar con las piernas relajadas; tenerlas “apretadas” nos da más seguridad. Por tanto, debemos estar muy atentos y verificando, cada corto espacio de tiempo, el estado de nuestras piernas. El llegar a entender, aunque sea mínimamente, cómo relajar las piernas, produce unos cambios interesantes en el resto del entrenamiento…
Cuando estamos en nuestras primeras etapas en el Tai Chi, es muy difícil entender que el hecho de estar de pie y quieto durante un período más o menos largo, pueda llegar a ser uno de los principales ejercicios. Pero la práctica poco a poco va llevándonos a mirar cada vez más hacia dentro y más pequeño. Cuanto más lleguemos a comprender la estructura en la quietud, más fácil será aplicarla al movimiento.
De todas formas no creo que sea conveniente practicar Zhan Zhuan en esas primeras etapas del aprendizaje, y menos durante largos períodos de tiempo. Mejor ir familiarizándose con el Tai Chi en general. Y cuando llegue el momento, siempre es recomendable un profesor cualificado, que nos ayude a iniciarnos en esta práctica.
La lucha o empuje libre
Tengo mis dudas de que el empuje libre fuera uno de los entrenamientos utilizados en los principios del Tai Chi Chuan. Más bien creo que fue un intento de adaptar, para quien no estaba interesado en el combate, aspectos del mismo que podían ser interesantes para el practicante. Aspectos terapéuticos como el trabajo con la agresividad, el proceso de la relajación, el reconocimiento de nuestros patrones…; aspectos deportivos como el desarrollo de la habilidad, la rapidez, el juego o la competición (lo interesante en cuanto a la competición es la preparación que debemos hacer para competir, no el hecho de ganar o perder); aspectos sensitivos como la escucha a través del tacto, la adherencia, el estado de alerta, el lleno y el vacío; y también aspectos meditativos y espirituales como el desarrollo de la atención en el presente y la capacidad de olvidarse de la propia competitividad (ego) para hacerse uno con el compañero y con el entorno.
De todas formas, si después queremos practicar y profundizar en el combate, el empuje de manos habrá comenzado a despertar en nosotros una conciencia necesaria en el mismo: la escucha desde nuestra piel.
El error sería tomar el empuje de manos como un fin. El objetivo no es ser el mejor, no es ganar a todo el mundo, ni tampoco que nunca nadie me desequilibre, todo esto es ego; y si vamos por ese camino nos dirigiremos hacia la otra dirección. La lucha o empuje libre es una buena herramienta para avanzar en nuestra práctica. Y eso significa, entre otras cosas, comenzar a olvidarse de uno mismo. Da igual si nos tiran, si tiramos al otro, si tiramos al mejor de clase, si nos tiran los alumnos… El ejercicio va más allá de dominar o ser derribado, de lo que se trata es de desarrollar además de lo descrito anteriormente, una actitud en la lucha y de transmitirla tanto al resto del entrenamiento Tai Chi, como a nuestra manera de ser y relacionarnos. Es hábil saber cuándo debemos ceder y cuándo empujar en los diferentes trances de nuestra vida.
En cuanto al ejercicio del empuje de manos en sí, podríamos decir que es la conclusión del entrenamiento. Es la práctica que mejor nos informa hasta qué punto estamos integrando las técnicas, aplicaciones, estáticas... en nuestra interacción con otra persona. Al realizar empuje libre con un compañero estamos verificando continuamente nuestra comprensión de la escucha, el enraizamiento y el equilibrio. Comprobamos la capacidad que tenemos de “cambiar” y fluir dependiendo de quién sea nuestro compañero (no deberíamos actuar igual si luchamos con alguien más grande, fuerte y pesado que nosotros, que si lo hacemos con alguien más “débil”).
Tal y como se suele practicar hoy en día, es un juego en el que aprendemos a escuchar y desequilibrar al compañero. Se puede realizar a ritmo lento o rápido, con diferentes posiciones de las piernas. Normalmente se realiza sin mover los pies, lo que hace que cualquier similitud con una pelea real quede eliminada. También se puede practicar con pasos, pero sigue siendo insuficiente a la hora de utilizarlo en una situación real. Para ello deberíamos profundizar en la práctica del combate.
Uno de los principales objetivos en este ejercicio es aprender a “responder” en lugar de “reaccionar”. Normalmente cuando alguien nos empuja reaccionamos tarde y de manera exagerada al estímulo del compañero. Tener la capacidad de responder proporcionadamente y con anticipación exige relajación, escucha y saber encontrar el momento oportuno.
El tomar una actitud más yang (estructura mantenida, gran presencia, peso casi siempre en la pierna adelantada incluso un poco inclinado hacia delante, comienza empujando...) o más yin (mucho más flexible, es muy difícil poder apoyarse en él, peso en cualquiera de las dos piernas, deja al otro comenzar a empujar...) a la hora de practicar la lucha, puede ser útil bien para potenciar o bien para complementar la tendencia de cada uno, dependiendo de que ésta sea más hacia la rigidez o la inhibición.
Necesitaremos un compañero para practicar frecuentemente si queremos profundizar en la lucha. El grado de intimidad y respeto con ese compañero debe ser elevado para que el aprendizaje y la investigación sean posibles.
Un nivel más avanzado en el empuje de manos es cuando se incorporan golpes con brazos y piernas, barridos, luxaciones e inmovilizaciones. En las primeras etapas se evitan estas acciones por el riesgo de lesiones que pueden conllevar.
Lo primero que nos vamos a encontrar al practicar el empuje libre es nuestra propia competitividad. El patrón de ganar o perder está profundamente arraigado en todos nosotros. Podemos tomar la actitud de “ir a por todas”, resistiéndonos si hace falta o de “inhibirnos” y dejarnos tirar. Seguramente en nuestra historia personal encontraremos muchos ejemplos de una actitud similar. A veces el profesor o parte del grupo nos están mirando y sentimos una gran necesidad de demostrar que lo hacemos bien, e intentamos ganar a toda costa; otras veces el compañero que nos ha tocado no nos gusta y no ponemos ningún interés en el intercambio. Todo esto es una gran fuente de información de cómo vivimos la competitividad. Puede ser que nos conformemos en tomarlo como un juego, en el que unas veces se gana y otras se pierde; y está muy bien, pero seguiremos compitiendo y dejando pasar cualquier posibilidad de ir un poco más allá de “ser el mejor”.
Para evitar la competitividad es útil tomar un propósito cada vez que practicamos la lucha. Si nos comprometemos a poner la atención en un solo aspecto de todos los que deberíamos entrenar (por ejemplo no bloquear las caderas, esperar a que el otro empiece a empujar, no agarrar el brazo del otro cuando nos desequilibra...) por encima de ganar o perder, el deseo constante de tirar al otro dará paso al verdadero intercambio y profundización este ejercicio. En el momento en el que nos damos cuenta que la competitividad es con nosotros mismos más que con el compañero, podremos utilizarla para conocernos mejor y se abrirá un nuevo espacio para investigar más internamente.
Nos puede tocar practicar con alguien que no para de hablar, de reír o de “corregirnos y enseñarnos” constantemente. En todos estos casos estamos huyendo del ejercicio porque nos aburre o porque en realidad no queremos ver lo que el ejercicio nos puede revelar. El silencio puede convertirse en algo muy incómodo... Si nos dejamos llevar por estas situaciones, perderemos la oportunidad de comprender qué hay detrás del mismo ejercicio.
En ocasiones hallamos gente para la que el simple hecho de que alguien le coloque la mano encima, supone una vivencia muy desagradable. O gente que no es capaz de tocar, y menos empujar al compañero. Puede que no hayan recibido el suficiente contacto en sus vidas o puede que su experiencia con él haya sido dura y desagradable. Si somos profesores debemos estar muy atentos a cómo presentar el ejercicio a estas personas. No se trata sólo de que puedan disfrutar de él, también es importante que lo vean como algo útil para ellos. Si consiguen vivir de una forma más natural el contacto será un gran paso que les puede ayudar a crecer y desarrollarse un poco más.
En muchas ocasiones nos encontramos con practicantes que evitan este tipo de ejercicio, bien sea por miedo o por rechazo a todo lo relacionado con la lucha, porque lo encuentran un ejercicio que tiende a la “rigidez”. Es cierto que aparece nuestra rigidez, pero no creo que sea acertado obviar este ejercicio por ello. Si nos molesta ver nuestra propia rigidez, quizás sea porque nos demuestra que no nos desenvolvemos tan fluidamente como pensábamos o queríamos demostrar. Para transformar esta rigidez en fluidez deberíamos profundizar e investigar en la práctica de aquello que nos la provoca. Cuando vemos a maestros que destacan por su suavidad al hacer empuje libre podemos pensar que éste es el único camino para llegar a ser tan “finos”... pero si les preguntáramos por su trayectoria en el arte marcial (y así es en todos los que he conocido) veríamos que probablemente empezaron con estilos más duros y rígidos que fueron refinando con el tiempo y la comprensión de su práctica.
Podemos sentir miedo a hacer daño al otro o a que me hagan daño a mí, pero si miramos más hacia el interior podremos ver que este miedo tiene una causa mucho más profunda relacionada con nuestra manera de vivir la agresividad. Da igual si el empuje libre, a diferencia del combate libre, apenas presenta riesgo real de lesión (a no ser que uno de los dos quiera realmente hacer daño al otro), es lo que sentimos en nuestro interior lo que nos puede hacer rechazarlo. Hay quien afirma que él no es agresivo pero no sólo lo es aquel que ataca físicamente a otro; una mirada o un pensamiento puede llevar mucha más carga agresiva que una patada o un empujón. La educación que hemos recibido, el peso de nuestra cultura y las experiencias personales a lo largo de nuestra vida marcan nuestra respuesta a la agresividad*. Si reprimimos una práctica porque esté relacionada con ella, permitiremos que esta energía siga enquistada en nuestro interior, con la posibilidad de hacernos daño a nosotros mismos, a los demás o a nuestro entorno. En cambio, si nos permitimos investigar en nuestra propia agresividad (siempre dentro de un marco bien delimitado y con un respeto hacia uno mismo y el otro) podremos conseguir que esta energía se mueva, se exprese y se renueve constantemente.
*Entiendo como agresividad una expresión más de la energía que todos tenemos, en principio natural, beneficiosa y necesaria, pero que puede llegar a convertirse en violencia (su expresión patológica) si no la vivenciamos y gestionamos de una manera constructiva.
La lucha a su vez conlleva el riesgo de lesionarnos. Normalmente es debido a la competitividad que surge entre nosotros, la cual nos lleva a realizar demasiada fuerza en posiciones forzadas para nuestras articulaciones. A veces hay tanta tensión entre los brazos de ambos compañeros, que sale algún golpe sin ninguna intención y completamente involuntario, pero que normalmente es desagradable. O un codo que se queda bloqueado ante un giro repentino del compañero... Este tipo de lesiones se dan sobretodo en las primeras etapas. Después, si existe respeto, escucha y ganas de investigar disfrutando, es muy raro que nos hagamos daño. Por lo normal, cuanto más vamos aprendiendo, más conscientes somos de lo fácil que es lesionar al otro. Y eso hace que pongamos más atención a la hora de luchar. No sólo consiste en cuidarse uno mismo, el arte está en luchar y cuidar del compañero al mismo tiempo. Es algo que a veces olvidamos cuando el otro está a punto de desequilibrarnos y para evitarlo hacemos una maniobra brusca dañándole en alguna parte de su cuerpo. La pregunta que me surge es: ¿era consciente que iba a lesionar al otro y aún así lo he hecho?
Otra cosa es lo que normalmente vemos en las competiciones de empuje de manos. Allí, al ser el ganar el objetivo a conseguir, las lesiones son más frecuentes y en algunos casos son serias y duraderas.
Pero de todas formas, si ya me he lesionado ¿Cómo me lo tomo? ¿Me hago la víctima; hago que no le doy importancia (aunque me ha molestado muchísimo); lo acepto; lo expreso tranquilo; me descargo con el compañero que me ha dañado; no vuelvo a clase mientras estoy lesionado; voy y hago lo que puedo...? ¿Qué ha movido en mí la lesión? ¿Me produce rabia, tristeza, miedo...? Y si he sido yo el que ha lesionado al otro ¿Qué me hace sentir? ¿Culpa, responsabilidad, indiferencia...? ¿Me preocupo por la persona que se ha lesionado conmigo?
Es interesante también echar un vistazo al momento que estamos viviendo, ya que en muchas ocasiones, las lesiones son más frecuentes durante las diferentes crisis que todos vamos sufriendo a lo largo de nuestra vida. Otras veces nuestra práctica es demasiado intensa durante muchos años y se podría decir que de alguna manera buscamos la lesión para “parar”. Creo que de vez en cuando es necesario “separarse” durante un tiempo de la práctica. Al hacerlo tenemos la posibilidad de observar y vernos en la práctica desde una distancia; ver el camino, hacia dónde nos lleva, reflexionar, decidir si continuar en él o no. Podemos empezar el “mejor” camino y desviarnos completamente de él sin darnos cuenta.
Pero el empuje de manos tiene algo también muy importante que ofrecernos y es la práctica del interactuar, compartir, comunicar...con alguien que no es uno mismo. Vivimos en una sociedad donde nos estamos relacionando continuamente con personas por diferentes motivos. La “lucha” también está en cada una de estas relaciones, en los gestos y las palabras, en las miradas. En todas ellas hay momentos en que debemos ceder y otros en los que empujar.
Cuando comenzamos una disciplina estamos muy preocupados por nosotros, aprender mucho, ser mejores, conocernos, cambiar... y normalmente nos olvidamos de los demás. El arte marcial, entre otras disciplinas, nos ofrece un marco en el cual también podemos experimentar directamente en las relaciones con diferentes compañeros, mediante la lucha y el combate. En clase encontraremos personas que nos despiertan las mismas reacciones automáticas que aquellas con las que nos relacionamos a diario. Simbólicamente estará nuestro cómplice, nuestro padre (normalmente el profesor), amigo, madre, el vecino que nos cae mal, el que nos cae bien, el/la chico/a que nos gusta, el jefe... Podemos ver cómo nos comportamos con cada uno de ellos, cuándo somos seductores o desagradables, con qué personas me inhibo, con cuáles compito, por quién siento respeto, desinterés, rabia... estas reacciones son de una intensidad menor que en nuestras relaciones cotidianas, y por lo tanto más fáciles de gestionar, dándonos la oportunidad de verlas con más claridad. Quizás incluso encontremos otro tipo de respuesta para un determinado estímulo, el cual siempre nos produce la misma pauta o patrón de comportamiento. En clase no es muy difícil estar atento a ello y cambiar determinados aspectos. Lo complicado es poder aplicar estas nuevas respuestas a nuestras relaciones habituales.
La fluidez que buscamos en el empuje libre, la escucha, la respuesta a la intención del compañero, el respeto y el cuidado del otro son aspectos que debiéramos intentar aplicar en la “otra realidad”, la de cada día.
De alguna manera la lucha y la meditación son una misma cosa. Podemos entrenar aspectos de la meditación en la lucha y viceversa. La atención o estado de alerta que entrenamos en el empuje libre puede ayudarnos en la meditación, donde suele ser muy fácil distraerse. Tanto en la forma, como en los ejercicios de Qi Gong, las técnicas y aplicaciones del empuje... donde todo está ya pautado, una vez que lo tenemos “aprendido”, nuestra mente puede viajar tan lejos como desee. En el empuje libre sin embargo, hay un “peligro” inminente: el otro nos puede atacar y tirar en cualquier momento, por lo que es más fácil mantener la mente en el aquí y ahora.
Por otro lado la escucha que vayamos desarrollando en la meditación será muy útil a la hora de escuchar al compañero y a nosotros mismos cuando practicamos el empuje. También el entrenamiento de lo marcial nos ayudará cuando aparezca la lucha en la meditación: muchas veces nos encontramos con aspectos nuestros que nos cuesta superar y debemos aprender cuándo ceder, desviar, empujar...
Puede haber momentos en los que conseguimos “hacernos uno” con el compañero. Nos olvidamos de nosotros mismos, el ejercicio se realiza solo y ya no hay dar ni recibir sino intercambio constante. Son momentos en los que el ego desaparece, no hay nada que ganar ni perder; sólo importa fluir con el compañero. Es como un “diálogo sin palabras”: nos comunicamos desde el interior del cuerpo, del corazón y de la mente. Debería llegar un momento en el cual nos demos cuenta de que en realidad estamos haciendo empuje con nuestra propia sombra; el compañero nos hace de espejo y nos ayuda a superar nuestros propios límites.
Conclusión
He intentado hacer un recorrido por los diferentes tipos de ejercicios que utilizamos en el empuje de manos y espero haber podido aclarar algunas dudas sobre ellos. Por supuesto el propio arte y creatividad del profesor hará que los diferentes apartados puedan mezclarse y adaptarse tanto a las necesidades de cada persona o grupo, como al objetivo que se busque a la hora de presentar dicho ejercicio.
Cuando venimos de algunas disciplinas en las que la práctica de la lucha está descartada como pueden ser la mayoría de las prácticas de Qi Gong, la meditación, el yoga... nos cuesta entender la relación que puede existir entre estas prácticas y el empuje de manos. Puede ser que pensemos que si lo practicamos comenzaremos a ser más agresivos, pero en realidad es al contrario.
Podemos obviar todo lo relacionado con la lucha en nombre de la paz, pero ¿es esta paz de verdad? Pretendemos llegar a “lo suave” sin mirar a lo duro, pero ¿qué es lo que suavizaremos entonces? Cuando alguien no sabe relajar una parte de su cuerpo es muy útil decirle que la tense primero para después relajarla...Quizás es más hábil conocer y atravesar nuestra propia “guerra” para llegar al estado de armonía que tanto anhelamos.
Juanolo, 22 de agosto de 2005
CUANDO PERDEMOS NUESTRA LIBERTAD
Al acercarnos a un grupo de práctica, además de buscar el aprendizaje de esa disciplina, buscamos inconscientemente la pertenencia a un grupo. Necesitamos de él, de su apoyo, de su comprensión... y también necesitamos un “papá” (o “mamá”) que nos diga cómo hemos de aprender, cómo hemos de hacer, que nos ayude en el proceso, que nos diga que lo hacemos bien. Todo esto es completamente normal ya que no conozco a nadie sin carencias en su vida. Carencias que de alguna manera nos hacen sufrir, incluso enfermar. Podríamos hablar de esta carencia, de las madres que no llegan, de los padres ausentes... pero no es tema de este artículo. Como decía, sentimos necesidad de pertenecer a un grupo, quizás alentada por la falta de conexión existente en estos días con los demás, incluso en nuestra propia familia. Esta crisis con los “nuestros” nos lleva a buscar fuera de la familia el marco que precisamos para sentirnos protegidos y comprendidos.
Si todo esto es consciente es muy posible que en la medida en que vamos profundizando en nuestra práctica tal necesidad vaya cambiando, incluso que llegue a desaparecer. Lo que quedará entonces es un anhelo de seguir aprendiendo y profundizando en la práctica. Este menester con los años nos llevará a buscar fuera del grupo para mejorar, aprender otros aspectos, otras vivencias... completando así nuestra práctica individual. Si por desgracia, y es lo más común, no somos conscientes de esa primera necesidad, es muy difícil que lleguemos a sentir la segunda, la de buscar por otros lares.
Tenemos la historia del Tai Chi y las artes marciales llena de practicantes que estudiaron con varios maestros para ir perfeccionando su arte. La verdad es que eran los mismos maestros los que animaban a sus discípulos para ir con otro experto. Sin embargo, nos podemos encontrar que en el momento en que nos percatamos de esta necesidad de “abandonar” nuestro grupo surgen inseguridades ya que no sabemos qué nos vamos a encontrar fuera de él. Hasta ahora nuestro clan era el perfecto (y de alguna manera sigue siéndolo) pero sabemos que para poder progresar en nuestra práctica debemos buscar más allá del grupo. Sentimos una contradicción entre nuestro apego al grupo y las ganas de “volar” fuera de él. Si además, como suele suceder, el profesor no nos anima a hacerlo, se añade una dificultad que es muy importante: debemos decir a nuestro profesor que queremos estudiar con algún otro. Este momento es crucial en nuestro crecimiento, similar al momento en el que decimos a nuestros padres que nos queremos independizar. Y como en este último ejemplo habrá quien lo haga con ayuda de una novi@ y una boda, habrá quien lo haga solo (simplemente porque siente la urgencia de hacerlo) y habrá quien por no enfrentarse a la situación, no lo haga nunca (esperando que sean sus padres los que se vayan…). No deja de ser un conflicto que nos pone a prueba. ¿Cómo hacerlo respetando? ¿Cómo, sin herir al grupo ni al profesor? Y si creemos que el profesor se enfadará o nos rechazará ¿lo haríamos de todas maneras? Creo que si sentimos la necesidad de progresar muy clara en nuestro interior obtendremos la fuerza para hacerlo con honestidad, respeto y cariño. La reacción que recibamos será impredecible y dependerá de la madurez tanto de los compañeros como del instructor, pero ésta no nos debería echar atrás.
Con todo esto me estoy refiriendo al practicante que desea investigar en el entrenamiento Tai Chi; no al que va uno o dos días a la semana a clase para aprender a relajarse, porque le va bien a su espalda y no siente que quiere profundizar en la práctica. En este último caso, si le va bien, no es conveniente cambiar de grupo ni de profesor.
Debido a que utilizaré las palabras maestro y profesor, me gustaría diferenciarlas de alguna manera. Concibo al maestro como la persona que antaño asumía el papel de “Padre, sacerdote o consejero, terapeuta…” además de transmisor del arte a sus discípulos (que no solían ser más de cuatro o cinco a la vez). Es decir, una persona que había desarrollado una conciencia más refinada y evolucionada que la nuestra. Era capaz de convertirse, sin ningún ánimo egoico, en espejo del discípulo. Éste, por su parte, se entregaba al maestro sin cuestionarle. Incluso era bastante normal que durante este período, viviera en casa de su maestro. Se “ponía en sus manos” y tras unos cuantos años de práctica y estudio, ya estaba preparado. Entonces debía “matar” simbólicamente al padre, abandonarle y caminar solo.
Sin embargo, profesor, en mi opinión, es el que introduce y acompaña al alumno en la práctica. E intenta motivarle a buscar e investigar en el arte. Aunque de alguna manera es terapeuta, ya que enseña un arte corporal y le guiará para ir sanando su cuerpo, la profundidad de su “terapia” siempre será menor que la del maestro; el cual llegará a capas más profundas que la corporal. Con esto no pretendo decir que como profesores tenemos menos responsabilidad con nuestros alumnos, todo lo contrario; pero la entrega no es tan completa como la del maestro. En este segundo caso, el alumno no asume una transferencia como la que es requerida por el maestro.
Tanto antaño como hoy en día, ha sido difícil encontrar un maestro que esté preparado y dispuesto a asumir su papel; sin embargo existen muchos profesores que sin estar preparados para ello, desean convertirse en maestros. También, y es lo alimenta a éstos últimos, existen muchos alumnos deseando convertirse en discípulos.
La libertad la podemos perder como alumnos o como profesores y me gustaría poder comentar cada uno de estos casos:
Cuando somos alumnos
Me gustaría empezar con un ejemplo: hace ya bastantes años, fui a visitar a uno de los maestros con los que he ido aprendiendo. Da igual quién, dónde o de qué estilo, ya que a lo que quiero dedicar este artículo es universal y común a cualquier tipo de práctica. Los dos profesores en los que yo tenía puesta mi confianza sabían que iba con este maestro, les parecía acertado y me apoyaban. En esta visita, que ya era la segunda, me acompañaron dos amigos, ambos practicaban otro estilo diferente al mío. Lo más curioso para mí fue que mis amigos no se atrevieron a decir nada a su maestro, porque se suponía que se enfadaría e incluso que les haría elegir. No sé si en realidad hubiera ocurrido así, pero el caso es que su acción fue hecha en la clandestinidad. Quizás otra persona ni siquiera se hubiera atrevido a hacerlo por si le “pillaba” o porque le parecía mal hacerlo a escondidas. En este caso prefirieron hacerlo de manera encubierta; quizás no querían “herir” a su profesor, pero creo que era más por miedo a su reacción y al consiguiente rechazo. A veces nuestras acciones no gustan a quien admiramos pero no por eso deberíamos dejar de hacerlas, estando dispuestos a aceptar lo que recibamos por ellas. Lo que entiendo que les ocurrió es que ellos mismos habían perdido su libertad para aprender con otra persona que no fuera “su maestro”.
Ahora pondré otro ejemplo: ha sucedido algunas veces que personas que vienen a los encuentros me dicen que han tenido que “pedir permiso” a su profesor para poder venir. ¿? Es como si sintieran que le pertenecen. Una cosa es pedir su consejo o su parecer y otra muy distinta pedir si les deja ir. Aquí me temo que el profesor tiene parte de responsabilidad en ese “perder la libertad” del que hablamos, ya que en casos así es él el que tiene la última palabra. Es decir, somos nosotros mismos los que delegamos en nuestro profesor la decisión final sobre nuestro futuro. Es como si preguntáramos a nuestros padres qué carrera universitaria quieren que hagamos. Esta anécdota me ha sucedido en tres ocasiones, en dos de ellas su profesor les “aconsejó” no mezclar prácticas (aunque uno de los dos lo hizo) y en la tercera supuso una ruptura motivada por la respuesta que recibió de su profesor, tras comunicarle que le había sido útil lo que había aprendido fuera de sus enseñanzas. Antes de venir al encuentro le había sentenciado: “prueba con otros si quieres pero te darás cuenta de que no son tan buenos”.
Como profesor me sentiría mal si alguien me pidiera permiso; no me considero dueño de ninguna de las personas que aprenden conmigo. Peor me sentiría, si además les digo que los otros son peores… Deberíamos ser conscientes de nuestras limitaciones y saber que no podemos ofrecer todo lo que abarca el Tai Chi, sino simplemente una pequeña parte; para que cuando veamos un alumno motivado, intentemos ayudarle a conocer otras fuentes que puedan aportarle lo que falte en nuestra enseñanza.
He conocido también personas que por su presencia y carisma… pueden encontrarse con gente que pasado un tiempo, le presionan o empujan a tomar un papel de “maestro”. Este es un momento importante y delicado, que puede convertirse en una trampa. Si dicha persona se siente capaz (y de verdad lo es), no debería de representar ningún problema, el hecho de que decida aceptar ese papel. Estará preparada para afrontar cualquier conflicto que se vaya presentando. Cuando me refiero a que esa persona “sea capaz”, presupongo que tiene desarrolladas cualidades como la humildad, sabiduría, ecuanimidad y honestidad, no sólo que sea un buen practicante o un buen “estratega” pedagógicamente hablando. Debería, sobretodo, ser capaz de estar desapegado de su papel, y no permitir que su ego le haga sacar provecho del mismo. Quizás por eso siempre ha habido muy pocos maestros de verdad; y aunque seguramente siempre los habrá, yo no he conocido todavía a ninguno.
En cambio, si esa persona no está capacitada para desarrollarse como maestro, es muy posible que los conflictos que se vayan presentando, no se sepan gestionar correctamente. La situación se irá complicando. Podríamos crear algo insano, muy dependiente por ambas partes, que podría desembocar en situaciones que no deseamos. En un extremo, llegaría a convertirse en una secta donde el “gurú” dicta y el discípulo asume. Si somos profesores, deberíamos estar muy atentos para no dejarnos llevar por nuestro ego, ser honestos y nunca pretender ser propietarios de nuestros alumnos.
También puede haber conflicto cuando el profesor no quiera desempeñar ese rol, por la responsabilidad que conlleva, porque no se ve como tal, porque se va a sentir atado o simplemente porque no cree en ello o no le apetece. Sea por la causa que sea, mi opinión es que debe ser respetado. Lo que he visto que sucede es que normalmente no suele ser así: los alumnos insisten e insisten y si no lo logran aparecen las complicaciones. La situación se convierte en algo muy molesto tanto para el profesor, como para los discípulos “rechazados”. Los alumnos no pueden aceptar que la persona que han elegido como “líder, guía, gurú” no quiera serlo y seguirán intentándolo hasta que aparezca otra persona que sí que quiera “adoptarles”. Son las propias carencias afectivas del alumno, las que le llevan a buscar a su “papá” en la figura de un maestro. Y dependiendo del tipo de padre que busque, idolatrará a un profesor cercano o distante, amoroso o arrogante, emocional o mental, que le cuide o que le castigue…
Otro caso es cuando juzgamos y criticamos a otros profesores, sólo porque el nuestro los juzga y critica. Podríamos acabar alienándonos y transformándonos en fotocopias de nuestro profesor, incapaces de ver más allá que él; perderemos nuestra propia personalidad para convertirnos en un “clon” del que nos guía: pensaremos, hablaremos, actuaremos y veremos con los mismos ojos que él.
Otro riesgo añadido en estos casos, con falta de discernimiento por parte del alumno, puede ser que no sólo “heredemos” las virtudes de nuestro profesor; tendremos también muchas posibilidades de adquirir sus defectos y carencias.
Estos son varios ejemplos de pérdida de libertad por parte del alumno: en el primero, el miedo al rechazo o enfado por parte del profesor, hace que no se atreva a decirle que va con otro profesor; el segundo, en el que un sentimiento de pertenencia al profesor, le lleva a pedir permiso para hacer las cosas; el tercero sobre el alumno que exige a su profesor más de lo que éste quiere o puede darle; y el último, quizás el más peligroso, es cuando dejamos de ser nosotros mismos para convertirnos en nuestro profesor.
Desde luego, primero deberíamos mirar dentro de uno mismo, para saber por qué perdemos nuestra libertad. Los lazos afectivos y emocionales que trazamos con nuestros profesores suelen ser fuertes, y quizás eso hace que sintamos una especie de fidelidad hacia ellos. Pero una cosa es eso y otra pensar que si buscamos o probamos con otros profesores somos “desleales”. La curiosidad y las ganas de profundizar son naturales y sanas. Puede llegar un momento en la práctica en que consideremos que quizás otra persona puede enseñarnos más intensamente alguno de los aspectos del Tai Chi; sin pensar por ello que el primer profesor ya no sirve. Y además, ¿no se puede estudiar con dos o más profesores a la vez?
Creo que cuando vamos profundizando en la disciplina nos damos cuenta de todo lo que puede llegar a abarcar la práctica y cada uno de sus diferentes aspectos. Por lo que advertimos que es muy difícil, por no decir imposible, que una misma persona haya profundizado de verdad en todos ellos. Entonces ¿qué contradicción hay en que se estudie con más de un profesor? ¿No haría esto que se complementaran entre sí las diferentes enseñanzas recibidas de cada uno de ellos, consiguiendo así una práctica más completa? ¿Qué profesor se opondría a que sus alumnos aprendieran de una manera más íntegra las enseñanzas?
Creo que como alumnos deberíamos sentirnos libres y honestos diciendo a nuestro profesor que queremos estudiar también con otras personas, sin pensar por ello que les estamos traicionando. ¿Pero qué sucede entonces en nuestro interior cuando debemos decir algo así? ¿Qué sentimos cuando decimos a nuestro papá que haremos algo, sabiendo de antemano que no le gustará? Tenemos miedo a recibir una bronca, un rechazo, incluso un castigo. Esto podría hacer que al final nos echemos atrás, pero desde mi punto de vista sería un error. Nuestro proceso personal podría estancarse ya que se trata de uno de los muchos obstáculos que iremos encontrando en el camino hacia nuestro desarrollo personal. Un profesor sólo nos enseñará a entender el arte desde un punto de vista, el suyo; en nuestra formación no deberíamos limitarnos a una única visión. Cualquier cosa, animal o planta es diferente por delante que por detrás; dependiendo de dónde nos situemos, nos parecerá con unas cualidades u otras. Del mismo modo, la manera que cada persona tiene de ver y entender el Tai Chi (y la vida en general), también es parcial y limitada. Si tenemos más de un ángulo para observar, siempre será una visión más abierta, completa y global.
Durante los 15 años que llevo practicando me he acercado a muchos profesores y maestros con respeto y profundizando de manera sincera en sus enseñanzas. Todavía hoy estudio con varios a la vez. Tengo mucho que agradecer a todos ellos, pero nunca he sentido que les pertenecía. Y esto no me ha hecho sentir desleal, ni tampoco el hecho de decidir dejarles si he percibido que desde su posición estaban limitando mis decisiones o mi independencia. Todo ello a veces me ha traído quebraderos de cabeza; en otras ocasiones, sorpresas agradables, es el riesgo a correr.
Cuando somos profesores
En ocasiones hemos podido sentir miedo de “perder a los alumnos”, es muy humano. Este miedo puede venir por un apego excesivo a nuestros alumnos. Si un alumno se va, a lo mejor sentimos que ya no nos valora y esto puede deberse a una baja autoestima por parte del enseñante. Puede también que este miedo encubra una falta de valoración por parte de nuestro propio padre (cuando éramos niños), y que ahora buscamos en nuestros alumnos. Pero eso no nos da ningún derecho a ser propietarios de nadie, sería una postura competitiva, egoísta e inmadura que no tendría mucho que ver con el espíritu del Tai Chi. En casos así, además de quitar la libertad a nuestros alumnos, estamos perdiendo nuestra propia libertad ya que dependemos de ellos para sentir que somos buenos instructores y creernos importantes.
A veces estamos tan atrapados en el papel de profesor que no conseguimos transmitir lo que realmente queremos comunicar. Recuerdo cuando empecé a enseñar y me proponía mostrar el ejercicio de empuje libre. Entonces tomaba un alumno para explicar el ejercicio, si este alumno era competitivo y hacía mucha fuerza y se resistía, yo entraba en su juego hasta que conseguía “vencerle”. Estaba aferrado en el papel del profesor que sabe y es mejor que cualquiera de sus alumnos y lo necesitaba demostrar. Después de un tiempo me di cuenta que mi ego no podía aceptar el ser desequilibrado por un alumno y que lo que estaba consiguiendo era enseñarles a competir y a intentar ser el mejor. Desde ese día cambié mi respuesta; en un caso así, no entro en su juego, intento mantenerme relajado, a la escucha, cediendo y empujando. Y si al final es él el que me tira a mí, está bien; porque lo que quiero transmitir con este ejercicio no es ganar o perder, competir, ser más “macho”… sino la escucha, el ceder y el compartir.
Y de nuevo, esto no es fácil. La idea de “ganar” o de “no perder” está muy arraigada en nuestro interior, desde que éramos pequeños. Por supuesto, el que seamos profesores no nos hace inmunes a ella. Y surge en cualquier momento como en este caso al explicar un ejercicio, o al responder una pregunta, o al compartir una conversación o una comida con nuestros alumnos. Si estamos atrapados en el papel del profesor necesitaremos demostrar al alumno en cualquier situación que somos más sabios y evolucionados. Sin embargo si estamos atentos a ello, es una buena oportunidad para “quitarse importancia”.
Recuerdo también cómo defendía al principio mi estatus como “buen profesor” cuando intentaba transmitir un movimiento. Veía que la gente no llegaba a aprenderlo bien y pensaba que en realidad ellos no eran capaces de hacerlo. Por supuesto no pensaba que el fallo podía estar en mi manera de enseñarlo… Ahora me doy cuenta de que, hasta que no tenemos el movimiento integrado de verdad en nosotros mismos, el alumno no llega realmente a comprenderlo. Sin embargo, cuando este movimiento ya lo tenemos “encarnado”, la transmisión es mucho más clara y sencilla. Con el pensamiento, la palabra o la escritura es lo mismo: cuando lo que queremos transmitir está integrado en uno mismo, la conexión es mucho más profunda y se comprende sin dificultad. Un amigo que ya ha editado varios libros me dijo: “el arte está en que sea comprensible incluso para el profano, debe ser sencillo y directo”. Cuando no somos claros al expresarnos de la manera que sea, seguramente se debe a que no lo somos tampoco en nuestro interior; es muy posible que nos indique confusión, quizás demasiado conocimiento sin elaborar, sin sabiduría.
También puede ocurrir que no nos pongamos al nivel de comprensión del que aprende, lo cual nos indica que no hay verdadera conexión. Recuerdo lo que otro amigo siempre dice: que “si alguien no entiende algo, el fallo está en el que lo explica y no en el que está escuchando”, yo lo veo también así. En la mayoría de los casos el que está recibiendo asiente con la cabeza sin que haya entendido verdaderamente lo que escucha o lee, bien porque no quiere expresar su dificultad para entender, o porque no quiere incomodar a la persona que le está hablando.
Me viene a la memoria una vez que asistí a un curso hace bastante tiempo: uno de los asistentes le hizo una pregunta al profesor sobre una sensación que tenía a veces cuando practicaba meditación. El profesor respondió: “no lo sé”. Para mí fue algo nuevo: “chapeau”. Era una persona con suficientes “tablas” y experiencia para poder responder a una pregunta así. Ahora que además de alumno soy profesor, sé que cuando un alumno nos hace una pregunta, lo que queremos es poder responder y hacerle ver que sabemos. Nos hacemos una respuesta lógica que nosotros mismos tomamos como verdadera y la lanzamos. Sin embargo, aquel profesor estaba dispuesto a que su alumno se levantara y se fuera pensando que había dejado de ser interesante ese curso… Aquí nos encontramos con una actitud de libertad y falta de dependencia por parte del profesor.
En otra ocasión, un profesor intentando hacernos creer que sabía de anatomía, nos comentó la acción de determinado músculo de nuestra espalda (dorsal ancho) diciendo que hacía la flexión del codo (en realidad ese músculo hace la rotación interna, aducción y extensión del hombro, además de actuar sobre las cinturas escapular y pélvica). En absoluto tiene ninguna acción en el antebrazo flexionando el codo.
Otro ejemplo: un profesor es preguntado sobre una aplicación marcial, era un gesto común en casi todas las artes marciales (y por cierto, un golpe muy poderoso). Su respuesta fue “no hay ninguna aplicación para este movimiento, es algo que “adorna” la forma...” ¿?. Él, obviamente no conocía ninguna aplicación para este movimiento, pero lejos de reconocerlo se colocó en una posición prepotente negando su propio desconocimiento. Cuando estamos con alumnos que no saben demasiado sobre el Tai Chi y las artes marciales podemos decir barbaridades y además quedar como que sabemos muchísimo, incluso más que el profesor que sí les hubiera podido mostrar dicha aplicación marcial. ¿Qué buscamos con este tipo de acciones? En lugar de decir “no lo sé” necesitamos hacer ver que sí sabemos, no vaya a ser que se crea lo contrario. Es como si estuviéramos enseñando a un amigo a jugar al ajedrez y le decimos que los alfiles no sirven para nada en lugar de decirle que no los sabemos utilizar bien. De esta manera deslumbramos a nuestros alumnos con una ignorancia disfrazada de sabiduría... ¡qué atrevida y arrogante es la ignorancia! ¿Qué perdemos si reconocemos algo así? A nadie le gusta mostrarse en error, pero me temo que es otro de los obstáculos que encontramos en el camino. Algún día deberemos reconocer ante los alumnos, que no sabemos tanto como ellos quisieran o se imaginan.
Supongamos también que un ex-alumno ha aprendido con otro profesor aspectos que no conocemos, ¿le pediríamos que nos los enseñara? ¿Podríamos respetar y valorar sus nuevos conocimientos? ¿Y si estos conocimientos contradijeran los nuestros? Puede que nuestro papel de profesor nos lo impidiera. ¿Seríamos capaces de dejar dicho papel y ser tan alumnos como los demás ante otro profesor que sabe más que nosotros mismos?
Pensemos ahora en un profesor, que llegado un día uno de sus mejores alumnos decide dejarle, porque quiere irse con otro profesor, porque ha dejado de confiar en él, porque siente que ha crecido lo suficiente para prescindir de él, o porque necesita separarse de él para, precisamente, poder crecer un poco más, su propio proceso personal se lo exige. Es toda una prueba para el profesor. Recuerdo lo que mi primer profesor me dijo el día en que iba a impartir mi primera clase en su escuela: “Tiene que llegar un día en el que me digas que no”; recuerdo que me sentí libre y respetado. En otro caso, cuando me despedí de uno de los maestros con los que había aprendido, porque decidí no continuar su “linaje” (y sin embargo sigo valorando su trabajo), al día siguiente y delante de todo el grupo reconoció y valoró mi práctica y mi entrega, ¡a pesar de que le acababa de dejar!
Desgraciadamente, a menudo suele haber otro tipo de respuestas: a veces el profesor cambia detalles del trabajo o sistema en una búsqueda de desprestigiar al que se ha ido; otras veces, deja de reconocer al que se va (mientras que hasta entonces todo eran valoraciones); también se dan casos de un tipo de competición, que lo que demuestra es que el que ha perdido la libertad en este caso, es el profesor. Ahora es él el que no puede aceptar la decisión de su “ex-alumno”. Incluso en casos en los que se da un tipo de castigo o acoso por parte del profesor, en realidad está sufriendo él mismo: su ego se siente traicionado. Y, si no está muy atento, este mismo ego le llevará a intentar justificarse a sí mismo y al resto de sus alumnos que ese castigo es necesario. Su energía estará enfocada en todo esto, en lugar de aceptar y respetar la decisión de su alumno como algo necesario para el crecimiento de ambos, profesor y alumno. Sin darse cuenta, actúa desde la rabia. Lo peor suele ser cuando no es consciente de ello, se siente y se muestra como una persona centrada y justa. Si además, sus alumnos no tienen el suficiente criterio, se dejarán arrastrar por los oscuros senderos de su profesor; al que, a estas alturas, ya considerarán maestro.
Relación profesor-alumno-profesor
Por lo expuesto hasta ahora vamos deduciendo que el peligro desde la parte del alumno es sobretodo un sentimiento de pertenencia, de ser acogido y de lealtad, perdiendo su capacidad de decisión; y desde la parte del profesor se suele dar un apego hacia el alumno, una necesidad de él para sentirse bien, escuchado, obedecido… haciéndose “dueño” y por lo tanto, perdiendo el respeto por su alumno.
Es fácil decir “este no es mi caso” pero también es fácil engañarnos a nosotros mismos. Existen mecanismos inconscientes muy sutiles para hacernos creer que “no necesitamos aprender con otros” o decir “yo les dejo ir con quien quieran” (el problema estaría en ese “yo les dejo”)…
Si como estudiantes no superamos esa necesidad de tener un “papá” no estaremos interesados en buscar más y en crecer. En realidad, si ese papá nos ofreciera otra cosa, también nos interesaría. Lo que queremos es a él, en el fondo no queremos profundizar.
Y si como transmisores no superamos esa necesidad de dirigir, de decidir por, de controlar, no mostraremos una actitud de verdad abierta a la posibilidad de que nuestros alumnos estén motivados en esa misma búsqueda.
En ambos casos nos hacemos presos de nosotros mismos exigiendo al otro que pierda también su libertad (no es lo mismo “mi profesor, mi alumno” que “profesor mío y alumno mío”).
Cuando empezamos a enseñar es difícil ser consciente de todas estas cosas pero es importante observar todo lo que va sucediendo; es peligroso quedarse atrapado en este papel, ya que nos impediría seguir aprendiendo. La escucha que vamos desarrollando en la práctica del empuje de manos debemos ponerla en acción. Ser sensibles a lo que en realidad busca y quiere el que viene a aprender de nosotros. Escuchar nuestro interior, descubrir y solucionar las trampas que van apareciendo, desprendernos de cualquier conducta que nos podría obstaculizar en nuestro proceso y en el del otro. Tener en cuenta de que no es lo mismo “dar” que “obligar a recibir”, no es lo mismo “compartir” que tratar de “convencer”. Respetar el propio ritmo de nuestros alumnos para que puedan entender lo que les estamos ofreciendo. Y, por supuesto, abandonar cualquier expectativa que podamos crear sobre nuestros alumnos, para que de ninguna manera nos creamos dueños de ellos.
En el caso de que un profesor sea capaz de actuar como profesor mientras imparte la clase, pero que en los descansos, la convivencia… se mezcle con sus alumnos como “uno más”, se mostrará más cerca de ellos, en una relación horizontal. Esto ayudará también a que los alumnos no proyecten en él la figura de un maestro, sino la de un amigo que tiene más experiencia en el Tai Chi y la comparte con ellos. A veces se dan casos en los que parece que el papel del profesor y el del alumno se intercambian y podemos aprender de nuestros alumnos: sus dudas, sus preguntas, sus opiniones, sus conclusiones y sus decisiones pueden completarnos y hacernos crecer como profesores y, por supuesto como personas. En este caso el feed-back será posible y ambas partes saldrán beneficiadas.
Esto está muy lejos del profesor distante, en apariencia perfecto, que no puede recibir ni aprender nada de sus alumnos porque no hay diálogo ni escucha real, la relación es unidireccional (jerárquica y vertical); sus preocupaciones están en mantener su estatus, allá arriba… y que no se vea lo que inevitablemente hay: contradicciones, dudas, sufrimiento. No hay libertad, está apegado a su papel. Lo peor es que una actitud así no permite tampoco que los alumnos evolucionen, crezcan y se completen; aunque no lo perciban, estarán atados. Y lo peor es que si este profesor no es consciente de ello, puede estar manipulando a sus alumnos sin saberlo; ya sea física, emocional o mentalmente.
Cuando un alumno decide dejarnos para aprender con otros deberíamos ser capaces de ayudarle en su proceso, de respetar su decisión y de esta manera podrá conservarse una relación, eso sí, diferente a partir de ese mismo instante. Mi hija todavía tiene tres años, pero supongo que cuando deje de ser su “papá perfecto” será un momento importante para ella y una prueba para mí. Ella necesita ese paso para crecer; yo debo respetarlo y animarle a ello para, por mi parte, poder desarrollarme también un poco más.
Juanolo, 2 de diciembre de 2006